La calle Abejeras

La calle Abejeras

LA CALLE ABEJERAS

Juan José Martinena Ruiz
Jefe del Archivo Real y General de Navarra

Continuando con el recorrido que sigue la Cabalgata de Reyes por las calles de Pamplona, nos ocuparemos en esta ocasión de la calle Abejeras, en la que se halla situado el colegio de Santa Catalina, que en la actualidad constituye el punto de partida de la segunda etapa del desfile triunfal de Sus Majestades, la que se inicia al anochecer del 5 de enero y recorre las anchurosas y animadas vías urbanas del Segundo Ensanche y del corazón de la ciudad.

El camino de las abejeras

El apeo general de los términos de Pamplona confeccionado por el ayuntamiento en el año 1860, al referirse al de Abejeras dice lo siguiente: “Es el término que se halla principiando de la Cruz Negra y camino de las Abejeras a la izquierda, hasta el barranco y fuente del mismo nombre, y a su derecha hasta el camino vecinal de Esquíroz, terminando en el puente llamado también de Esquíroz”.

El nombre originario del término, según consta en el documentado estudio de la toponimia de Pamplona de Jimeno Jurío y Salaberri, fue el de los Abejares, que aparece como referencia de la localización de una viña en el año 1595. En otra escritura de 1620 figura ya el nombre de Abejeras, que se ha perpetuado hasta nuestros días. Pero hay que decir que el nombre primitivo en vascuence fue Erleteguieta o Erlateguieta, que en esa lengua significa sitio o lugar de muchas abejas. Así lo consignó Elías Martínez de Lecea en un interesante trabajo que publicó en 1966 sobre los antiguos términos de Pamplona.

Un documento de 1716 se refiere al término de las Abejeras, “antes llamado el Soto”. Otra escritura posterior, de 1784, sitúa una
viña de la parroquia de San Nicolás “tras el castillo -la ciudadela- en la parte llamada las Abejeras, afrontada con camino de la Donapea” y otra “en la Cruz Negra o Abejeras, frente de las texerías de la Ciudad”.

Por su parte, el recordado y polifacético Ignacio Baleztena -que fue pionero en el estudio de la toponimia pamplonesa- dice que entre los bienes pertenecientes al conde de Ezpeleta en 1798 figuraba una viña de 6 peonadas en el término de la Cruz Negra o Abejeras, lindante con “el camino que de esta ciudad conduce a dichas abejeras”. Una noticia posterior, del año 1835, hace referencia al “camino de la Cruz Negra a Donapea, que cruza el Sadar por el puentecillo de Esquíroz”. Este antiguo camino, que discurría por en medio del término del que hemos venido hablando, fue el antecedente y el origen de la actual calle Abejeras.

La Cruz Negra

José Joaquín Arazuri, en su obra magistral Pamplona, calles y barrios, aporta una serie de noticias históricas que documentan perfectamente esta antigua cruz, que por fortuna se conserva todavía, aunque algo desplazada del que fue su emplazamiento primitivo. La primera de ellas data del año 1637 y alude a “una cruz grande que han hecho hacer en el puesto que llaman la Cruz  Negra”. Naturalmente, si en esa fecha el término era ya conocido con ese nombre, quiere decir que la cruz existía desde mucho  tiempo atrás y que lo que se hizo entonces fue reponerla, porque al ser de madera, se pudriría con el paso de los años y las  inclemencias del tiempo. Y eso a pesar de que, como parece indicar su nombre, probablemente estaría protegida por una capa de brea con el fin de impermeabilizarla.

En agosto de 1756, según consta puntualmente en los libros de actas del ayuntamiento, entonces llamados de consultas, se colocó “…a la vista de la ciudad y bajada de las tejerías, una cruz de piedra en lugar de la de madera que antes había, habiendo trasladado la de madera al lado del mojón de Cordovilla en el mismo camino real. Y para que en lo venidero no cause perjuicio a nadie esta mutación en punto a la denominación del término de la Cruz Negra, se hace esta expresión previniendo que a dicha cruz de piedra, de orden de la ciudad, se ha dado un baño negro a la piedra, y a la de madera, verde”.

Como se puede deducir de este testimonio, nuestros regidores de mediados del siglo XVIII -y los de épocas anteriores- tenían como norma la austeridad. Aquí se aprovechaba todo. De modo que acordaron colocar una cruz de piedra donde antes había una de madera, pero en vez de destruir la antigua, optaron por trasladarla a otro lugar, pintándola de verde para que no hubiera dos cruces con el mismo nombre y ello pudiera originar confusión en el futuro al referirse a ambos términos.

Y ésa es la cruz de piedra que todavía se conserva. En el archivo municipal se pueden ver distintas fotografías de ella, de diferentes fechas, varias de las cuales han sido publicadas por el Dr. Arazuri. La única reforma que sufrió a lo largo de dos siglos tuvo lugar en 1952 y consistió en rehacerle el pie, que se hallaba bastante deteriorado, dándole forma cilíndrica y consolidándolo
con dos cuerpos de piedra de cantería. En abril de 1974, a raíz de las importantes obras a que dio lugar la construcción de la actual plaza de los Fueros, que supuso una transformación radical de la fisonomía urbana de esta parte de la ciudad, hubo que desmontar la antigua cruz, que se depositó provisionalmente en un almacén municipal, con vistas a su reposición.

Unos meses más tarde, en virtud de un acuerdo del pleno del Ayuntamiento, de fecha 28 de febrero de 1975, fue reconstruida y vuelta a colocar en su actual emplazamiento, a pocos metros del que había venido ocupando hasta entonces.

Un nombre que estuvo a punto de perderse

Como sin duda recordarán muchos pamploneses y luego contaremos, el antiguo camino, que existía cuando menos desde el siglo XVI, experimentó un profundo cambio en su aspecto a partir de 1960. Para dar inicio a esta nueva etapa de su pequeña historia, el ayuntamiento, en sesión plenaria de 1 de febrero de 1962, acordó rotularlo como calle, decisión que vino a reconocer  oficialmente un proceso de transformación urbana que entonces estaba comenzando y que había de durar casi veinte años. Pero  hay que decir que hasta en esto de la denominación hubo sus incidencias.

Cinco años después, con fecha 12 de septiembre de  1967, a propuesta del entonces alcalde, se cambió el antiguo nombre, que contaba con más de cuatro siglos, por el de calle de  Corella, algo que no tenía mucho sentido y que lo único que hizo fue crear confusión. En vista de ello, esta vez mediando informe del archivero municipal, se adoptó un nuevo acuerdo del Pleno, en su  sesión del 2 de febrero de 1972, en virtud del cual se recuperó el nombre de calle de Abejeras, dejando pendiente el de Corella  con vistas a asignarlo en el futuro a otra vía urbana, como efectivamente se hizo poco después, el 7 de noviembre del mismo año,  dándoselo a una de las nuevas calles del populoso barrio de la Chantrea.

En la misma sesión se acordó dar el nombre de Erletoquieta -ahora Erletokieta- a la primera calle que cruza  perpendicularmente la de Abejeras y que actualmente une la avenida de Zaragoza con la de Sancho el Fuerte.

Del antiguo camino a la moderna calle

El Dr. Arazuri, en su Pamplona, calles y barrios, incluye una fotografía obtenida el año 1961, que constituye un valioso testimonio gráfico del aspecto y el ambiente que tenía esta calle en vísperas de la radical transformación que, como hemos apuntado, se produjo en ella a partir de 1960.

En dicha imagen se aprecia, en el centro, el antiguo camino jalonado por una hilera de árboles a  cada lado. A la derecha, una casita de dos plantas, cuyo tejado recordaba los de las casas de Burguete y que por algunos detalles  que tenía en su fachada, que imitaban troncos de madera, era conocida como la casa de palo. Detrás de ella, se puede ver otra de  tres alturas, con tejado a dos aguas y una terraza cubierta en el piso superior; a continuación, tras otra casa pequeña que apenas  se deja ver en la foto, se aprecia uno de los primeros edificios de varios pisos que entonces empezaban a construirse en la todavía  ncipiente calle y que actualmente lleva los números 11 y 13.

A la izquierda de la imagen, se ve en primer término parte de la cerca de una casa de campo, con su verja de hierro; tras ella otra  casa que podía haber estado situada en cualquier pueblo, y al fondo, se llegan a distinguir las casas de la Diputación, que se  estaban edificando.

Desde luego no había aceras y el único alumbrado público que se observa en la foto se reduce a una farola que cuelga a cierta altura de un cable sujeto a unos postes de madera plantados a ambos lados del camino. Este tipo de farolas -que creo eran de la casa Siemens- se podía ver también, hasta mediados de los años 60, en la mayor parte de las calles del Segundo Ensanche.

Un aspecto similar en cuanto al tipo de urbanización, aunque tal vez un poco más rural, presentaba en aquel tiempo el cercano y paralelo camino de Esquíroz.

Hay que decir que de ese modelo de casas -a medio camino entre el chalet y la casa de campo- se construyeron muchas a las  afueras de Pamplona -fuerapuertas se decía entonces- desde los años veinte hasta la década de los cuarenta. Tal vez las más  elegantes eran las que estaban situadas entre Burlada y Villava a ambos lados de la carretera, alguna de ellas con detalles modernistas al estilo bélle époque.

Angel María Pascual, en una de sus Glosas a la ciudad, escrita el 4 de junio de 1946, decía de los chalets que el progresivo  crecimiento urbano había traído consigo una aceleración en su construcción, pero que si se los comparaba con las casas de campo  que existían en las antiguas fincas con solera de algunas conocidas familias pamplonesas, enseguida se podía ver que en ellos la  huerta se había convertido en jardín y la casa en casita. “En su alrededor -escribe Pascual- hay un pozo poco más que un pozal  de ladrillo, unos arbolitos atados a una estaca, dos bancos y unos caminos de grava, como los de un belén. Todo ello tan pequeño que parece que cabe en una caja de bazar de juguetes…”

El tramo inicial de la calle, el más próximo a la Cruz Negra y a la actual plaza de los Fueros, fue naturalmente el primero en urbanizarse. En 1948 fue la construcción del colegio de Santa Catalina, atendido por las Hijas de la Caridad. Más tarde, hacia 1960, se levantó enfrente del citado colegio la gran manzana de viviendas destinadas a empleados de la Diputación, que llevan los números 2 al 14, en cuyas bajeras se fueron estableciendo los primeros comercios que, al principio tímidamente, empezaron  poco a poco a darle vida a esta parte de la ciudad. El proceso continuaría pujante a lo largo de toda la década.

En mi época de estudiante, entre 1966 y 1971, bajaba habitualmente a la universidad por esta calle, y en esos años, en mi reotra, todas aquellas casas de las que antes hablábamos, que dentro de su sencillez tenían también su encanto. Me tocó ver, junto con  los derribos, la desaparición de las huertas y jardincillos con que contaban. Incluso llegué a pasar algún rato en una de ellas, la de  Felipe Armendáriz, antes de que fuera borrada del mapa por el imparable proceso urbanizador. Y después fui testigo también de  la construcción de los nuevos edificios de viviendas -más modestos en una primera fase- que a partir de entonces fueron  ocupando los solares resultantes de las demoliciones y conformando la actual fisonomía urbana de la calle.

En los años 70, los nuevos bloques se construyeron de mejor calidad, sobre todo los del lado derecho de la calle, que llevan los  números pares.

Transformaciones urbanas

Con la construcción de la actual plaza de los Fueros, entre los años 1973 y 1975, cambió sustancialmente la parte correspondiente al comienzo de la calle, que partía de la Cruz Negra, situada en el punto en el que el antiguo camino de Abejeras se separaba por el lado derecho del camino real de Tafalla, más tarde carretera y hoy avenida de Zaragoza. Desapareció la  frondosa arboleda que había antes de llegar a las casas de la Diputación y que por su parte posterior llegaba hasta la antigua vía del Plazaola, que hasta 1959 rodeaba las traseras de la Casa de Misericordia y cuyo trazado motivó que el tramo inicial de la avenida de Sancho el Fuerte presentase una alineación en curva hasta el cruce con la calle de Esquíroz. También contribuyó significativamente a la transformación del paisaje urbano que hasta entonces presentaba este lugar el derribo del chalet que  durante años fue la primera casa que había en el lado izquierdo del camino de Abejeras, que tenía un bonito mirador de piedra  hacia la avenida de Zaragoza. En su solar y el del jardín que lo rodeaba se levantó un moderno edificio, que hoy lleva los números 1 y 3 de la calle que nos ocupa.

Las últimas modificaciones urbanas que ha experimentado esta calle, enclavada hoy entre los importantes barrios de Iturrama
y de la Milagrosa, se produjeron a partir de los años 80, primero en su cruce con la calle Erletokieta y más adelante en la  intersección con la calle Iturrama, puntos en los que se habilitaron pasos transversales para los coches por debajo del nivel de la calle, el primero para comunicar con la avenida de Zaragoza, el barrio de la Milagrosa y la calle Sangüesa; y el segundo, con el  nuevo barrio de Azpilagaña. Las nuevas construcciones que se levantaron en este último tramo -entre ellas el colegio del  Santísimo Sacramento- responden ya a unos modelos más modernos y se diferencian claramente de las de los sectores  interiores.

Otra importante mejora urbana, ésta más reciente, fue la instalación, junto al patio de recreo del colegio de Santa Catalina, del ascensor de uso público que facilita la comunicación cómoda y rápida de esta calle con la avenida de Zaragoza.

A partir de la rotonda situada en la intersección con la avenida de Navarra, ya en terrenos del campus de la Universidad de
Navarra y cerca del puentecillo sobre el Sadar -el Río al Revés para muchos pamploneses de toda la vida- todavía resulta  reconocible lo que en otro tiempo fue el tramo final del antiguo camino de Abejeras.

La Plaza Consistorial

LA PLAZA CONSISTORIAL

Juan José Martinena Ruiz
Jefe del Archivo Real y General de Navarra

El hecho que inició la transformación e integración urbana de los terrenos que en época medieval existían en medio de los recintos amurallados de los tres burgos, fue la construcción de la primitiva jurería o casa consistorial. En 1423, Carlos III señaló claramente en el capítulo tercero del Privilegio de la Unión cuál había de ser su emplazamiento: “en el fosado que es ante la torr clamada la Galea, enta la part de la Navarrería”. Sin duda el rey quiso materializar con ello el espíritu del privilegio, que no fue otro que asegurar que lo que hasta entonces habían sido tres poblaciones distintas pasase a formar una sola ciudad y un solo municipio.

No obstante, la construcción de la casa no se debió de iniciar de modo inmediato, porque consta que en 1483, sesenta años después de la concesión de aqueldocumento, decisivo en la historia de Pamplona, se destinaron 300 libras a las obras de “la casa que está principiada a fraguar”.

La Plaza Consistorial con adornos Navideños (1958) (Archivo Municipal. Colección Arazuri)

Orígenes de la plaza

Por distintas noticias documentales que hemos podido localizar, parece que las murallas interiores que cerraban y separaban los tres burgos se derribaron en 1536, siendo virrey el marqués de Cañete, con el fin de aprovechar la piedra en la casa de las audiencias y en los nuevos baluartes que se estaban construyendo en el recinto fortificado exterior. Es a partir de entonces, al desaparecer la barrera que suponían los viejos muros y torres medievales, cuando la plaza fue adquiriendo un aspecto más urbano con la construcción de nuevas casas que, aunque no son las que vemos hoy, fueron configurando su perímetro.

Por la parte del burgo de San Cernin, entre la barbacana y la antigua muralla, demolidas en buena parte, se construyeron las casas que siguen la alineación de la actual calle de Santo Domingo. En el lado de la población de San Nicolás, una vez derribado el portal de la Salinería, la calle Zapatería se prolongó hasta la plaza actual y hasta la calle Calceteros. Y por la parte de la Navarrería, las casas que sustituyeron al desaparecido muro medieval, pasaron a conformar el lado este de la plaza.

Mientras tanto, dentro de este mismo proceso de urbanización de lo que antes era prado y tierra de nadie, se fue configurando también el lado norte de la plaza del Castillo – el del actual Café Iruña – con lo que el amplio espacio hasta entonces sin edificar del antiguo mercado y el chapitel quedó repartido en dos plazas: la del Castillo y la que ahora nos ocupa, que por entonces se llamaba plaza del Chapitel.

Plaza del Chapitel y mercado

La primera vez que hemos visto escrita esta denominación de plaza del Chapitel es en un proceso judicial del año 1534, en el que el fiscal acusaba a un tejero de un delito de injurias y desorden público cometido en este céntrico paraje de la ciudad.

A mediados del siglo XVI tenía lugar en esta plaza el mercado de abastos: carne, legumbres, frutas y verduras. Un plano de hacia 1580, encontrado y publicado por Florencio Idoate, anota este céntrico lugar de la Pamplona de aquella época como “plaça donde se bende la probisión”.

Por su parte, el Dr. Arazuri, en su Pamplona, Calles y Barrios, obra imprescindible para conocer la historia de nuestra ciudad, incluye la noticia de que en 1565 el Regimiento –que era como entonces se llamaba el Ayuntamiento– acordó trasladar las tablas o puestos de venta de carnes a la trasera de la casa consistorial, entre dicha casa y la iglesia de Santo Domingo, es decir, la plazuela que actualmente se denomina de Santiago.

Se compró una huerta propiedad de Antón de Caparroso para reunir allí las carnicerías, “para que estén todas juntas y los puestos donde se vendían los corderos”. De manera que a partir de ese año quedaron en la plaza del Chapitel solamente los puestos de fruta, verduras y hortaliza.

Más tarde, en 1580, se llevó a cabo el empedrado de una parte de la plaza, tarea que corrió a cargo de un tal Juan de Ardanaz. Estos trabajos de pavimentación se hacían sólo en aquellos lugares donde los regidores lo creían imprescindible.

En aquella época no hacían falta recortes presupuestarios como ahora, ya que la austeridad en el gasto fue una constante, salvo contadas excepciones, para nuestros munícipes en los siglos XVI y XVII. En 1597 se presentó un nuevo memorial “para empedrar la Plaza del Regimiento”, nombre muy apropiado, pero que no llegó a sustituir al de plaza del Chapitel.

Por su situación en el punto de confluencia de los tres antiguos burgos y por estar en ella la casa del Ayuntamiento, esta plaza era uno de los lugares más céntricos y frecuentados de la ciudad. Por ella pasaban todas las procesiones y en ella tenían lugar los principales actos civiles y muchos festejos populares.

Cuando en 1598 se celebraron en nuestra ciudad, con la mayor pompa, las exequias del rey Felipe II, los regidores convocaron a todo el vecindario a asistir a los funerales, para lo que deberían acudir previamente y, a ser posible, vestidos de luto, “a la plaza del Chapitel, delante de la casa de su Ayuntamiento”. Ese mismo año hubo en el mismo lugar funciones de comedias, a cargo de la compañía de Luis de Vergara.

Pero aquí ocurría de todo: en el Archivo de Navarra hay un pleito de una de las vendedoras de la plaza, Catalina de Ollo, contra el tejero Juan de Arraindu, por un libelo difamatorio que un día de 1609 apareció colocado en el puesto que ella atendía.

La última vez que hemos visto escrita la denominación de plaza del Chapitel es en un proceso del año 1642, sobre desalojo de una casa sita en ella.

Plaza de la Fruta y lugar de ejecución

Ya hemos dicho que a partir de 1565, año en que el ayuntamiento ordenó llevar los puestos de carnicería a la plazuela de Santo Domingo, o plaza de abajo, quedaron en la del Chapitel – también llamada plaza de arriba – solamente aquéllos en los que se vendían frutas y verduras.

Este hecho dio lugar, mediado el siglo XVII, al cambio de nombre de la plaza, que, dejando atrás la anterior denominación del Chapitel, pasó a llamarse plaza de la Fruta. El Dr. Arazuri, en su ya citada obra Pamplona, Calles y Barrios, dice que vio este nombre por primera vez en un documento de 1671, con motivo de que ese año se quemó en este lugar una colección de fuegos artificiales para celebrar el día del Corpus. Hasta en alguna ocasión se llegaron a correr toros por esos años.

Por nuestra parte, hemos encontrado una primera mención más antigua de la plaza de la Fruta en un pleito de 1658, en el que el administrador de la fundación de don Gabriel de Amasa demandó a Mariana de Hualde, viuda, y al administrador del hospital general, exigiendo el desalojo de una botiga sita en dicha plaza.

Desde que a finales del siglo XVII se empezó a aplicar en Navarra la pena de muerte en el garrote, reservando la horca para los crímenes más graves, el lugar donde se instalaba el patíbulo para esta forma de ajusticiar fue la plaza de la Fruta. Se eligió un lugar tan frecuentado porque se pretendía que las ejecuciones de reos tuvieran carácter ejemplarizante. La primera de que hay noticia tuvo lugar en 1693.

Casi siglo y medio después, en 1832, ya con una mentalidad más ilustrada, el Ayuntamiento solicitó al virrey “que se mude el sitio del suplicio de garrote, por los muchos inconvenientes de que se verifique en la Plaza de la Fruta”.

Reconstrucción barroca de la Casa del Ayuntamiento

Parece que a mediados del siglo XVIII la casa de la Jurería erigida en la segunda mitad del siglo XV se hallaba ya prácticamente en estado de ruina. En vista de ello, en abril de 1752 hubo que trasladar las sesiones del ayuntamiento a la casa del Condestable, en la Calle Mayor, en la que hasta unos años antes habían residido los obispos.

Se acordó reedificar la casa consistorial de nueva planta, iniciando las obras inmediatamente. En 1755 se comenzó a construir la fachada, según proyecto de José de Zay Lorda, que se prefirió al presentado por Juan Miguel de Goyeneta y cuyo coste se calculó en 24.000 reales.

Para el ático o remate del frontis se siguió la traza firmada por Juan Lorenzo Catalán. Las estatuas de la Justicia y la Prudencia, que flanquean la puerta, así como la alegoría de la Fama y los hércules y leones del remate, los hizo el escultor José Jiménez, que cobró por su labor 9.000 reales. Las rejas y balconaje, así como toda la cerrajería, fueron obra de Salvador de Ribas, a quien se pagaron 34.000 reales. Este mismo maestro instaló el reloj en 1774. La escalera, la media naranja y la linterna las construyó el maestro albañil José Marzal, vecino de Tudela.

El 23 de enero de 1760 se acordó el traslado de la corporación y de los servicios municipales a la nueva casa, “y que las argollas o picotas se pongan en el segundo suelo del frontis principal, en los dos costados del balcón donde tañen los clarines, para ejecutar las penas que de esta calidad se impusieren”. Es decir, que en esa fecha aún se seguían aplicando penas infamantes.

Como luego veremos, aquella noble construcción barroca, que lucía el empaque de los palacios de la época, fue demolida a finales de 1951, respetando únicamente la fachada, que es la que hoy ennoblece y da carácter a la actual Casa Consistorial.

Otras noticias del siglo XVIII

Según las ordenanzas municipales aprobadas el año 1772, la limpieza y aseo de la plaza corría a cargo de las panaderas, fruteras y recarderas que en ella tenían sus puestos, y también de las personas que tenían arrendadas las tiendas y botigas que la rodeaban.

Estas últimas debían barrer “desde el umbral de sus puertas hasta la primera línea de piedras taladradas, que sirven para afirmar los palenques y balanzas de que usan las fruteras”.

Las panaderas y fruteras debían hacerlo en el resto de la plaza, “depositando el escombro, mondas y desperdicios que recogieren con la escoba en el paraje que a este propósito se ha señalado en la misma plaza, para que a la hora en que ha de estar barrido, lo saque el carro de la limpieza”.

Unos años después, cuando a una con el proyecto de la traída de aguas de Subiza se encargó al pintor madrileño Luis Paret el diseño de las nuevas fuentes públicas que se trataba de instalar en la ciudad, uno de los lugares señalados para contar con una de ellas fue precisamente la plaza de la Fruta. Así se puede ver en los dibujos que entregó en 1788, que se guardan en el Archivo Municipal. Finalmente esta idea no se llevó a cabo, y la fuente en forma de obelisco que se había pensado para este lugar se acabó construyendo en la plaza de las Recoletas, donde continúa en la actualidad.

Otro proyecto que tampoco se llegó a realizar fue el de erigir en el centro de la plaza, frente a la Casa Consistorial, una estatua ecuestre –hubiera sido la única de este tipo en nuestra ciudad- en honor del general inglés duque de Wellington, cuyas tropas tomaron parte en 1813 en la liberación de Pamplona, ocupada por los franceses desde mayo de 1808.

De plaza de la Fruta a plaza Consistorial

Una completa descripción de la Pamplona, remitida por la ciudad a la Real Academia de la Historia en junio de 1801, dice de esta plaza lo siguiente: “La Plaza llamada de la Fruta, al frente de la Casa de Ayuntamiento, consiste en un cuadrilongo de ochenta varas de longitud y veinte y seis de latitud, y sin embargo de su corta capacidad, en esta plaza, que ocupa el centro de la ciudad y se halla contigua a la Alhóndiga de la Casa de Ayuntamiento y a la casa inmediata del Pósito, que tiene un gran patio titulado Plaza de Abajo, se celebran con el conjunto de todo los mercados y se hace la venta perenne de carnes, pescados, legumbres, verduras, frutas, caza y otros abastos”.

Medio siglo después, Pascual Madoz, en su Diccionario Geográfico, ponderaba la comodidad del sitio, “merced al excelente arreglo de los puestos y al orden que se manda observar”. No debía de opinar lo mismo el Ayuntamiento, el cual, creyendo sin duda que los tenderetes restaban empaque y solemnidad a la plaza, acordó en 1864 trasladarlos al mercado de la plazuela de Santo Domingo; lo mismo que tres siglos antes habían hecho los regidores de entonces con las tablas de los carniceros. “Que se quiten los tinglados existentes en la Plaza de la Fruta – dice la resolución municipal-, a fin de que ésta quede completamente desembarazada”.

Dos años más tarde, dado que después de ese traslado, la antigua denominación de Plaza de la Fruta ya no respondía a la realidad, en la sesión municipal del 27 de junio de 1866, se acordó sustituirla por la de Plaza Consistorial, nombre que se ha mantenido oficialmente hasta la actualidad; que no Plaza del Ayuntamiento, como la siguen llamando muchos pamploneses.

Un curioso proyecto de uniformar la plaza En 1945 saltó al primer plano de la actualidad pamplonesa un curioso proyecto, que pocos pamploneses conocen, que consistía en transformar el aspecto tradicional de la plaza, con sus casas de diferentes alturas y fachadas variopintas, para convertirla en esa plaza mayor a la española, que Pamplona nunca tuvo, con casas de la misma altura y aspecto uniforme, rodeando la Casa Consistorial. Su autor fue un prestigioso arquitecto de aquella época, Eugenio Arraiza, que fue concejal y teniente de alcalde en más de una legislatura por los años 40 y 50. Aquel proyecto, que nunca llegó a realizarse, no estaba mal concebido. Desde luego era una completa falsificación de la realidad y de la historia de la plaza, pero una falsificación bonita.

A quien no debió de convencerle fue a Angel María Pascual, quien en una de sus incomparables Glosas a la ciudad –la del 15 de febrero de 1947- escribió este párrafo: “…El edificio del ayuntamiento debe ampliarse, pero no tragarse las casas del entorno. Porque su mayor encanto está en su contraste de casa gremial, de mueble barroco, de tallado reloj de pared, en medio de las fachadas deliciosamente vulgares de esas tiendas bajitas con olor de recatada artesanía”.

Hay que decir que medio siglo antes, en 1898, cuando se reconstruyó en su forma actual la casa que hace esquina con la calle Calceteros, se habló de la posibilidad de corregir la irregularidad que presenta la planta de la plaza, haciéndola rectangular a costa de dejar libre el solar de dicha casa y el contiguo, derribando la casa que hace esquina con Mercaderes, donde hoy está la tienda de Gutiérrez, fundada en 1840.

Construcción de la actual Casa Consistorial

Por esos años -1950- nadie dudaba de que el edificio municipal levantado a mediados del siglo XVIII resultaba ya insuficiente y poco funcional. La ciudad había crecido mucho desde entonces y las dependencias destinadas a oficinas y otros servicios seguían siendo las mismas, con ligeras modificaciones.

Por fin, tras muchas y largas deliberaciones, los munícipes decidieron la demolición del antiguo y noble caserón barroco -del que solamente se respetó la fachada-, y su sustitución por un edificio de nueva planta, cuyo proyecto se encargó al arquitecto José María Yárnoz Orcoyen, que falleció en junio de este año 2011. El 4 de noviembre de 1951 el entonces alcalde Miguel Gortari cerró simbólicamente el viejo portón e inmediatamente dieron comienzo los trabajos de derribo. Dos años más tarde, el 9 de noviembre de 1953, el nuevo alcalde Javier Pueyo procedió a la apertura de la puerta de la nueva Casa Consistorial.

La última intervención importante en esta plaza fue la construcción de la casa del Área de Sanidad en el solar de la antigua Casa Seminario, que con otra contigüa se puede contemplar en la foto de la derecha y que es el mismo que hasta 1536 ocupó la imponente torre medieval de la Galea, en la muralla del burgo de San Cernin, desde la que en el siglo XIV se despeñaba a los condenados a la pena capital.

La Calle Mercaderes

LA CALLE MERCADERES

Juan José Martinena Ruiz
Jefe del Archivo Real y General de Navarra

Originariamente, y hasta comienzos del siglo XX, esta calle tenía en toda su longitud la misma anchura que tiene en su tramo inicial, es decir, el más próximo a la plaza Consistorial, donde hasta no hace mucho estuvo Casa Unzu. Ello era debido a que en el amplio espacio libre que ahora existe delante de los bares Iruñazarra y Mentidero, y del reciente Mmuseo del Encierro, existió desde tiempo inmemorial una pequeña manzana de casas, de planta trapezoidal, que por su fachada principal prolongaba un tramo más la calle Chapitela, y de sus fachadas laterales, una hacía llegar la calle Calceteros hasta la esquina de Estafeta, mientras que la otra guardaba la alineación del tramo inicial de la calle Mercaderes hasta esa misma esquina.

La antigua rúa mayor de la Navarrería

Cuando en junio de 1324 el rey Carlos el Calvo otorgó desde París el privilegio para la reconstrucción de la Navarrería, destruida por un ejército francés en la guerra de los burgos de 1276, una de las calles que entonces se trazaron fue la que luego se llamó rúa mayor de la Navarrería, que iba “de portali populationis usque ad Sanctam Mariam, directa via”. Lo que, traducido al lenguaje actual, quiere decir desde el portal que salía a la población de San Nicolás hasta la Catedral de Santa María. De modo que en ese tiempo lo que ahora son las calles Mercaderes y Curia formaban una sola calle; que por cierto estaba considerada de las principales y como tal, los que adquiriesen solares en ella debían pagar al rey el censo correspondiente a la primera categoría, que suponía seis dineros al año por cada codo que midiese la fachada que daba a la vía pública.

Años más tarde, en 1350, en el llamado Libro del Monedaje, la rúa mayor de la Navarrería aparece ya bifurcada en dos ramificaciones: “la rúa mayor ysent de la poblation”, con 43 fuegos u hogares y “la rúa mayor ysent del portal del borc”, con 23. Parece claro que esas dos ramificaciones se corresponden con las actuales calles de Calceteros y Mercaderes. La primera de ellas conducía al portal de la población de San Nicolás y la segunda hacia el portal del burgo de San Cernin. En 1365, el extremo de la calle que hoy nos ocupa, que daba hacia la parte del burgo, se vio afectado por las obras de fortificación que ordenó ejecutar el rey Carlos II de Evreux, apodado “El Malo” por algunos historiadores. Así lo recoge puntualmente el registro de comptos de ese año, cuando incluye la noticia de que algunas casas pertenecientes a esta rúa “son destruytas pora fazer la taiada”, es decir, que fueron derribadas para trazar o reforzar la muralla de la ciudad en ese tramo. Parece que el derribo afectó a las casas más desprotegidas, situadas fuera de la propia muralla, porque el mismo registro añade la noticia de que por entonces la calle se prolongaba “del portal del burgo en fuera”.

La Cruz del Mentidero

El punto donde iniciamos nuestro recorrido como lo hace el Cortejo Real, es decir saliendo de la calle Navarrería y marchando en dirección a la Plaza Consistorial, fue siempre, como lo es hoy todavía, una encrucijada de calles, donde confluyen nada menos que cinco: Mañueta, Navarrería, Curia, Calderería y Mercaderes. Entre esta confluencia y la embocadura de la calle Estafeta existía una especie de plazoleta, que en la época medieval se conocía como el Cairefort o Calleforte de la Navarrería, y más tarde, ya en el siglo XVI, como el Mentidero, porque parece ser que constituía el punto de encuentro y de conversación de las gentes del barrio.

Por eso mismo, por ser un lugar tan frecuentado, se instaló allí la picota o piloric –lo que en Castilla llamaban rollouna columna o pilar de piedra en la que se ejecutaban algunos castigos afrentosos, como era el de la exposición de los ladrones y malhechores a la vergüenza pública. Según un documento conservado en el archivo de la Catedral, parece que ya en 1275, antes de la destrucción de la Navarrería por las huestes de Eustaquio de Beaumarché, ya existía en este lugar el citado pelleric. No sabemos desde cuando, posiblemente a raíz de la reconstrucción de 1524, la antigua picota adquirió la forma de crucero, al añadirle en su remate una cruz.

En una carta de donación de Carlos III el Noble a su servidor Jaquemín Lois, del año 1390, se cita ya “la cruz de la Navarrería, cerca nuestro Chapitel”. Otro documento de 1460 se refiere a una casa de esta calle entonces rúa mayor, cuya delantera daba “al cairefort de la Navarrería, donde está la cruz”. Y aún hay otro de 1466 que habla de “una botiga que sale a la plaza delante de la cruz”.

El año 1500 aquella antigua cruz, que por su antigüedad debía de encontrarse muy deteriorada, fue sustituida por otra, actualmente emplazada en el Redín, junto al mesón del Caballo Blanco, en cuyo fuste lleva una cartela con la siguiente inscripción: A HONOR Y REVERENCIA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO Y DE LA VIRGEN MARÍA FICIERON FAZER ESTA CRUZ GARCÍA DE LANZAROT, MERCADER VECINO DE PAMPLONA Y JOAQUINA MARTÍN DAOIZ, SU MUGER, LA QUOAL FUE PUESTA A CINCO DE NOVIEMBRE DE MIL QUINIENTOS.

Según contaba el que fuera Archivero Municipal Vicente Galbete, en abril de 1842, por motivos más jacobinos que jacobeos, el Ayuntamiento acordó trasladar la cruz al cementerio, donde permaneció más de un siglo casi olvidada, y donde en cierta ocasión y para colmo de males le cayó encima un árbol que mutiló su remate, del que desgraciadamente se perdieron varios fragmentos.

En 1961, mediante un nuevo acuerdo municipal, fue restituida a su antiguo barrio y colocada, como ya hemos dicho, junto al mesón del Caballo Blanco, donde todavía puede verse, aunque sin la cruz de su remate. Fue entonces cuando, según testimonio de Elías Martínez de Lecea, para recordar su primitiva función como picota, se añadieron unas viejas cadenas a la antigua abrazadera de hierro con argollas que todavía conservaba y conserva hoy en la parte superior del fuste de piedra, un poco más abajo del capitel.

Calle de los mercaderes

Según dice J. Joaquín Arazuri en su obra Pamplona, calles y barrios, en el siglo XVI y buena parte del XVII, el nombre del Mentidero sirvió para designar a toda la calle que hoy nos ocupa. Y sólo a partir de la segunda década del siglo XVIII se empezó a utilizar la actual denominación. Por nuestra parte, la primera vez que hemos encontrado el nombre de calle Mercaderes es en un proceso del año 1682, en el que Martín de Echenique demandaba a Miguel de Hualde y Gamio, mercader y regidor de la ciudad, que le estaba debiendo 2.364 reales por el arriendo de una casa en esta calle.

Ése y otros muchos procesos y documentos nos confirman que cuando menos desde el siglo XVI vivían en ella numerosos comerciantes y mercaderes, con sus correspondientes tiendas o botigas, como se decía antiguamente que con su presencia y actividad acabaron por darle su antigua y castiza denominación gremial.

Casas con escudo de armas

Esta calle conserva todavía varias casas blasonadas, cuyos escudos de armas corresponden a distintas familias hidalgas que las habitaron en otro tiempo, sobre todo en el siglo XVIII. Por entonces tenía algunas más, que desaparecieron con el paso del tiempo. En el lado de los pares, en el número 18, se puede ver un escudo actualmente repintado, que originariamente perteneció a los Imbuluzqueta. En el lado de los pares se pueden admirar cuatro, dos de ellos picados porque así lo mandaban las leyes del Reino cuando una casa se vendía y el nuevo propietario no tenía la condición o calidad de noble.

El de la casa número 9, que muestra el ajedrez del Valle de Baztán, corresponde a don Martín Ramón de Echegaray, que ganó su sentencia de hidalguía en 1815. Es de estilo neoclásico y por su fecha uno de los últimos que se pusieron en Pamplona. Antiguamente existió en su solar la casa principal del mayorazgo de los Marcilla de Caparroso, una de las familias más antiguas, ricas e influyentes de la ciudad, con capilla, altar y panteón propios en la catedral.

El escudo de la casa número 7, de estilo rococó y picado desde hace muchos años, lucía también el ajedrez baztanés y perteneció a don Juan Bautista de Ciga y Ciganda, que obtuvo su ejecutoria en 1775. La casa número 5, aunque curiosamente no luce escudo alguno, posee una bonita fachada de estilo barroco, con medias bovedillas de lunetos en el alero.

La siguiente, número 3, ostenta en su frontis una de las labras heráldicas más hermosas de nuestra ciudad, que muestra las armas combinadas de los linajes de García Herreros y Leoz, porque allá por el año 1775 pertenecía a don Fernando Antonio GarcíaHerreros y Villava, cuya sentencia de hidalguía data de 1771, y a doña Fermina de Leoz y Apesteguía, su mujer, también ella de condición hidalga.

Por último, la casa número 1, que hace esquina con la Plaza Consistorial, presenta un escudo bastante más antiguo, actualmente picado, pero que en su tiempo llevó labradas las armas de don Gabriel de Amasa e Ibarsoro, acaudalado comerciante natural de Lesaca avecindado en Pamplona, que ganó su ejecutoria en 1592. Hombre muy piadoso, fue el fundador del convento de capuchinos de extramuros, en cuya iglesia dispuso ser enterrado, como así se hizo a su muerte, acaecida en 1634.

Calle de doña Blanca de Navarra

En la sesión municipal del 26 de julio de 1913, el Ayuntamiento acordó adquirir por la cantidad de 81.250 pesetas la manzana de casas que, como hemos dicho al principio, separaba esta calle de la de Calceteros, con el fin de demolerlas y dar mayor amplitud y luz a esta céntrica parte del casco antiguo. A la parte de Mercaderes tenía dos portales, que llevaban los números 12 y 14. La manzana entera, que era conocida como la casa de Viscor, pertenecía en 1774 a la fundación de Zozaya y más tarde a don Juan Ángel Sagasti.

Tras su derribo, que se llevó a cabo a comienzos de 1914, la calle ganó en amplitud y luminosidad y las casas que hoy llevan los números 6, 8 y 10, que antes pertenecían a Calceteros, pasaron a formar parte de la calle Mercaderes. Poco después, con fecha 22 de marzo de 1916, a propuesta del teniente de alcalde don Fernando Romero, el consistorio acordó dar a la calle recientemente ampliada y embellecida, el nombre de doña Blanca de Navarra.

Y como recoge puntualmente J. Joaquín Arazuri en su Pamplona, calles y barrios, aquella denominación se mantuvo en uso oficialmente hasta el año 1972, en que la Corporación Municipal, en sesión del 29 de febrero, acordó recuperar el antiguo y castizo nombre, que muchos pamploneses nunca habían dejado de utilizar.

Esta calle es una de las más conocidas, en España y en buena parte del mundo, debido a que es una de las que recorren mozos y toros en los emocionantes encierros de las mañanas sanfermineras.

También pasan por ella desde tiempo inmemorial las procesiones del Traslado y el Retorno de la Virgen Dolorosa, Viernes Santo, el Corpus y San Fermín. Todo ello, unido a los numerosos bares y comercios con que cuenta, hacen de la calle Mercaderes una de las más animadas y populares del casco antiguo.

La Calle Navarrería

LA CALLE NAVARRERÍA

Juan José Martinena Ruiz
Jefe del Archivo Real y General de Navarra

Cuando en 1324 el rey Carlos el Calvo otorgó desde París el privilegio para la reedificación de la Navarrería, que se hallaba destruida y despoblada desde la guerra de los burgos de 1276, las nuevas calles que se habían empezado a trazar fueron clasificadas en tres categorías, según lo que en ellas se debía pagar de censo por cada codo de fachada hacia la vía pública. Una de las de primera categoría, en la que se debía pagar seis dineros por codo, era la calle “de hospitali Sanc/ Michaelis usque ad Sanctam Ceciliam”; es decir, la que iba desde el hospital de San Miguel hasta la basílica de Santa Cecilia. Así nació, o mejor renació, la actual calle Navarrería, que durante mucho tiempo, incluso ya antes de la destrucción de 1276, se llamó rúa de Santa Cecilia.

Si, como parece, el desaparecido hospital de San Miguel estuvo en el solar de la actual sede del INAP y del Departamento de Cultura y Turismo, y conociéndose con seguridad el emplazamiento que ocupó la también desaparecida iglesia de Santa Cecilia, creemos que esta iden7ficación es la correcta. En 1350, según el llamado Libro del monedaje, se contaban en esta rúa trece fuegos, es decir hogares o casas habitadas. En 1427 no aparece en el libro de fuegos; posiblemente habría sido incluida en la vecina en la vecina rúa de los Peregrinos, que era la actual calle del Carmen.

La primera vez que hemos encontrado citada la calle con su nombre actual es en dos procesos judiciales del año 1532. Uno de ellos lo litigó Juan de Elizondo, oidor o juez de finanzas de la Cámara de Comptos, contra la viuda de Juan de Zozaya, recibidor que fue de la merindad de Sangüesa, por la posesión de dos casas en esta calle. El otro lo inició el mercader Arnal de Casanova contra Antón de Caparroso, reclamando que se procediera a la ejecución de su casa por el impago de una deuda de 3.300 libras. Un año después tuvo lugar otro pleito de Isabel de Eguiarreta contra don Juan de Larrasoaña, señor de Mendillorri, por la restitución de otra casa.

A lo largo del siglo XVI aparecen en otros procesos los nombres de los dueños e inquilinos de otras casas de esta calle, de profesiones y oficios muy diversos: nobles como el vizconde de Zolina don Jerónimo de Garro o el palaciano de Burlada; abogados, como el licenciado Aoiz o el licenciado Gúrpide; miembros del cabildo de la catedral, como el arcediano de Santa Gema; curiales como Martín de Zunzarren, secretario del Real Consejo; ensambladores y architeros como Pedro de Contreras o Juan de Azoz; gremios como el de los zapateros, e incluso un soldado de la compañía del capitán Vázquez de Prada.

Más tarde, a finales del siglo XVIII, vivía en esta calle el licenciado don Miguel Pascual de Nieva, uno de los abogados de mayor prestigio de la ciudad, que habitaba la casa que hoy lleva el número 9, donde años más tarde se establecería el impresor y librero Paulino Longás. No muy lejos, en el actual número 15, estuvo otra librería e imprenta: la de Gadea. En la misma casa vivía en 1823 Fiacro Iráizoz, que debía de ser el padre del popular escritor del mismo nombre, autor de los conocidos versos dedicados a los gigantes de Pamplona.

Aún hubo por aquí una tercera imprenta, la de Joaquín Domingo, que estuvo donde hoy está la casa número 27. En la casa número 13 vivía hacia 1833 doña Pancracia Ollo, la esposa del general Zumalacárregui.

Otros vecinos conocidos que vivieron en esta calle a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX fueron, entre otros el prestigioso cirujano don Lorenzo Mariategui, el platero Bernardo Castañeda, el maestro de obras Manuel Larrondo, el tesorero de las rentas reales de tablas y del tabaco don Xavier Berroeta y el fiscal del tribunal eclesiástico de la Curia don Miguel Antonio de Osambela.

La casa-palacio del marqués de Rozalejo

Esta calle se ve ennoblecida con la presencia de cuatro casas blasonadas. Si la recorremos en el sentido en que lo hace la Cabalgata, que es el inverso al que sigue la numeración de los portales, la primera que nos encontramos es la señorial casona del marqués de Rozalejo, que originariamente fue la casa principal del mayorazgo de los Guendica.

La mandó construir en 1739 un ilustre militar bilbaíno, el teniente general y caballero de la Orden de Santiago don Luis de Guendica y Mendieta, casado con la pamplonesa doña María Ignacia de Aldunate y Martínez de Ujué. No llegó a vivir en ella, porque por su profesión estuvo siempre destinado fuera de Pamplona. Sí que la habitó su hijo don Francisco Ignacio Guendica y Aldunate, también militar, que alcanzó el grado de mariscal de campo, desde 1790 hasta su fallecimiento en 1801. De él pasó a su sobrino don Fernando María Daoiz y Guendica, teniente general de la Real Armada y caballero de la Orden de Calatrava. Al morir éste en 1808, recayó en su hijo don Policarpo Daoiz y Sala, quien años después heredó también el título de marqués de Rozalejo, que le fue otorgado por Carlos IV en 1801 a su tío don Félix María de Sala y Hoyos, alférez de navío de la Real Armada y caballero de Santiago. Le sucedió su hijo don Fernando Daoiz y Argaiz, que fue alcalde de Pamplona y hoy tiene dedicada una calle del Primer Ensanche: la calle del marqués de Rozalejo.

La elegante fachada barroca, construida toda ella en piedra de sillería, conserva en el remate de su frontis una hermosa labra heráldica que ostenta en escudo cuartelado las armas de los apellidos Guendica, Aldunate, Martínez de Ujué y Mendieta. El edificio, actualmente muy degradado, necesita una completa restauración.

Otras casas con escudo de armas

Un poco más adelante, en la misma acera en dirección a la calle Mercaderes, la casa que hoy lleva el número 13 luce en su fachada un escudo picado, que antiguamente llevaba labradas las armas de la nobleza colectiva de los naturales del valle de Larráun, porque un originario de este valle, don Pedro José de Oteiza y Larráyoz, casado con doña Manuela de Urdániz, ganó su ejecutoria de hidalguía en 1764 alegando ser descendiente de la casa llamada Loyzat, síta en el lugar de Huici.

Casi enfrente, ya en la plazuela que se llamó antiguamente de Zugarrondo, la casa que lleva el número 8 ostenta el escudo con las armas de los linajes de Lanz y Repáraz, que mandó poner su dueño don José Joaquín de Lanz y Repáraz cuando en 1775 ganó su ejecutoria alegando ser originario de la casa llamada Garaicoechea en el pueblo de Lanz. Por último, volviendo a la acera de los impares, la casa del número 5, casi ya en la esquina con Mañueta, lleva el escudo de los Gainza, porque su dueño don Fermín de Gainza y Lanz obtuvo sentencia de hidalguía en 1757, como descendiente de casa Esteribarena de Yábar, en el valle de Araquil.

La fuente de Santa Cecilia

En la plazuela triangular que forma esta calle delante de la fachada del palacio de Rozalejo y que antiguamente se llamó de Zugarrondo por el olmo que existió en ella, se halla situada la fuente de Santa Cecilia.

Es una de las cinco que diseñó para nuestra ciudad en 1778 el pintor madrileño Luis Paret y Alcázar, de las que aún se conservan, además de esta, la de Neptuno en la plazuela del Consejo y la de Recoletas, en la plaza del mismo nombre.

Se llama de Santa Cecilia porque su primitivo emplazamiento fue delante de la basílica de dicha advocación, que como luego diremos estuvo situada en la esquina de la calle Navarrería con la de Curia. Tras la desaparición de aquella iglesia, la fuente permaneció allí hasta el año 1913, en que fue trasladada al lugar actual.

Es de piedra de sillería, de estilo academicista, con tres pilas en forma de concha y encima un cuerpo cilíndrico dividido verticalmente en tres caras o frentes por una decoración clasicista de guirnaldas, que exorna también cada uno de los tres caños. La bonita composición, proporcionada y armónica, remata en un jarrón imperial. Con la fachada barroca de la casa señorial como telón de fondo, compone una estampa netamente dieciochesca.

Antes de la construcción de la fuente, que se inauguró en 1790, había en esta plazuela un pozo, a la sombra del olmo al que antes nos hemos referido. Aquel pozo contaba con una tapa de hierro que los mayorales del barrio cerraban con llave todas las noches desde el toque de oración hasta el alba.

Por unas cuentas municipales de la época, sabemos que en 1639 se pagó a dos empedradores 60 reales “por 15 brazadas que han empedrado en la calle de la Navarrería, junto al olmo”. Años más tarde, en 1680, Juan de Zariquiegui cobró 34 reales y 18 maravedís “por el empedrado que ha hecho en la plazuela del árbol de la Navarrería”.

Una crónica más antigua, de cuando pasó por Pamplona Isabel de Valois, la prometida de Felipe II, en 1560, dice que uno de los lugares por donde pasó el cortejo fue “el árbol de la placeta de la Navarrería, delante de la casa de Orisoain…”

La desaparecida basílica de Santa Cecilia

Aquella iglesia, que fue demolida a mediados del siglo XIX, era muy antigua, ya que sus orígenes se remontan hasta el siglo XI.

El rey Sancho el Mayor la donó a Leire allá por el año 1032, pero como ello dio lugar a discordias de los monjes con el obispo y el cabildo, un siglo más tarde García Ramírez el Restaurador la permutó con el monasterio por otros bienes y se la dio al obispo don Sancho, quedando desde entonces vinculada a la Catedral.

Estaba situada junto a la primitiva muralla de la Navarrería, hasta que en 1189 el rey Sancho el Sabio permitió edificar casas rebasando aquella línea en contra de los privilegios del vecino burgo de San Cernin. Sabemos que en la fachada de la basílica había un escudo de piedra con las armas reales de Francia y de Navarra, cadenas y flores de lis, lo que parece indicar que habría sido reedificada a finales del siglo XIIIo comienzos del XIV, debido posiblemente a que habría sido destruida, como todo el barrio, en la cruenta guerra civil de los burgos de 1276.

Mucho tiempo después, en 1575, fue derribada por el ayuntamiento para construir una fuente pública, lo que dio lugar a un ruidoso pleito con los mayorales y vecinos de la Navarrería, que sin licencia municipal iniciaron su reconstrucción en 1583, porque decían que por su céntrica ubicación era muy frecuentada por los vecinos y por todos los que acudían al mercado.

Además, ellos celebraban sus juntas en la casa aneja, en la que todos los años, por Pascua, elegían al prior del barrio. Al final, los regidores acordaron hacer la fuente adosada a la pared de la iglesia, donde se mantuvo hasta que en 1790 se inauguró la fuente neoclásica. A raíz de la ley de Desamortización, la basílica fue cerrada al culto en 1840, destinándola a almacén, y en 1852 fue demolida para levantar en su lugar la casa que hace esquina con la calle Curia.

Tenía un retablo barroco de 1747, obra de Tomás Font y José Ferrer, que vino a sustituir a otro renacentista, que hizo Nicolás Pérez en 1562. Poco antes de la demolición, se llevó a la capilla de la Inclusa. El Cristo que había en la fachada fue colocado en la casa de la calle Mañueta que hace esquina con Mercaderes y la imagen de Santa Cecilia, de lo poco que se salvó del derribo, la conserva el Orfeón Pamplonés, que la honra todos los años con misa solemne el día de su festividad.

Como esta serie de artículos pretende ofrecer al lector la historia de las calles que recorre la Cabalgata de los Reyes Magos en la tarde del 5 de enero, no nos hemos ocupado del otro tramo de la calle Navarrería, el comprendido entre la fuente de Santa Cecilia y el atrio de la Catedral, porque por él no pasa el alegre cortejo que despierta la ilusión de los niños pamploneses.

De esta parte diremos únicamente que el edificio que hoy sirve de sede al Departamento de Cultura y Turismo y al Instituto Navarro de Administración Pública fue construido en 1865 para Instituto Provincial de Segunda Enseñanza, y cuando éste se trasladó en 1944 a la plaza de la Cruz, fue destinado a Escuela de Comercio, más tarde Escuela Universitaria de Empresariales.

Hasta la Ley de Desamortización de Mendizábal en 1835 ocupó su solar la casa del canónigo hospitalero de la Catedral, que tenía anejo un modesto hospital cuyos orígenes se remontaban al siglo XII.

Otras casas de esta zona alta de la calle pertenecían a distintos canónigos del cabildo catedralicio. Tras ser incautadas y enajenadas por el gobierno liberal como bienes nacionales en virtud de las leyes desamortizadoras, serían reedificadas por sus nuevos propietarios entre los años 1840 y 1860.

En nuestro libro «La Pamplona de los burgos y su evolución urbana» la incluimos como la rúa de la Pitancería, una prolongación o anejo del cercano barrio de la Canonjía. El Dr. Arazuri en su Pamplona, calles y barrios, que recoge noticias de un documentado trabajo publicado por Pedro García Merino en la revista gráfica “Pregón” en su número de San Fermín de 1965, dice que en el siglo XVIII era conocida como calle de la Ración, que viene a ser como una versión modernizada del antiguo nombre medieval.

La Calle del Carmen

LA CALLE DEL CARMEN

Juan José Martinena Ruiz
Jefe del Archivo Real y General de Navarra

La primera calle que recorren Sus Majestades, una vez atravesada la última de las puertas del Portal de Francia o de Zumalacárregui, es la calle del Carmen que debe su nombre al convento de carmelitas calzados que existió en ella desde mediados del siglo XIV hasta la Desamortización de Mendizábal en 1836.

Rúa de los peregrinos

Se llamó en época medieval rúa de San Prudencio o de los Peregrinos.

En la carta de repoblación de la Navarrería de 1324 se menciona la iglesia de San Prudencio, situada «en el camino por el que van los caballos a beber». Al extremo de ella se abría el portal de la muralla llamado por esa razón del abrevador.

En el compto del rector de Baigorri, comisionado para la reedificación del barrio, que se hallaba destruido desde la guerra de los burgos en 1276, consta que en esta rúa –a la que el documento denomina «uico pelegrinorum »- se fijó el censo anual que se debía pagar al rey en seis dineros por cada codo de fachada a la vía pública. Se indica en la cuenta –en latín- que «en aquellos solares que están hacia el portal no vinieron pobladores a edificar en ellos».

En el libro del Monedaje de 1350, la «rua dels pelegrins» figura con 49 fuegos, es decir 49 hogares o casas habitadas. En un documento de 1366, tratando de indicar las afrontaciones del Palacio real, también llamado de San Pedro –el actual Archivo de Navarra-, restituido al obispo de Pamplona por el rey Carlos II, se expresa que eran éstas: «de la part de orient con ciertas casas que salen a la grant cairrera de Sant Prouenz o de los frayres del Carmen », aludiendo claramente a las traseras de la calle del Carmen que hoy forman un lado de la calle de Barquilleros. En el libro de fuegos de 1427, no aparece, al menos no con ese nombre, lo cual hace pensar que tal vez la hubiesen contado junto con la Rúa Mayor, que aparece con la cifra un tanto elevada de 147 fuegos.

Confirmaría esta suposición el dato de que en un documento de 1384 llega a llamársele “rúa mayor de los Peregrinos” y en otro de 1406, “la gran rúa de la Navarrería”. Otro documento que demuestra la identificación de esta rúa de los Peregrinos con la actual del Carmen, es una orden de Carlos III en 1392, por la cual enfranquece las casas y huerto que fueron de Sancho el Meoz, sitas en la Navarrería, en el barrio llamado de los Peregrinos, frente a la casa de la orden de Santa María del Carmen. Las casas las había donado a la Mitra Carlos II a petición del obispo don Bernart de Folcaut. Confirmando el dato de que las traseras de un lado de esta rúa salían hacia el palacio de San Pedro, encuentro otro instrumento, éste de 1418, por el que Carlos III ordena comprar y pagar una casa en la rúa de los Peregrinos, afrontando con casas del deán de Tudela y de María García, y por detrás, con el jardín de la casa del obispo, donde se alojaba el rey.

Conservaba el nombre de rúa de los Peregrinos en 1513. Pero ya en 1554 he visto un proceso en el que se hace referencia a la calle del Carmen, que a finales del siglo XVI acabaría desplazando completamente a la antigua denominación medieval, históricamente vinculada a las peregrinaciones a Santiago.

El convento del Carmen Calzado

Aunque no queda ya ningún pamplonés que lo hubiera conocido en pie, formó parte esencial de esta calle durante más de cinco siglos. Estuvo situado nada más entrar por el portal de Francia, a la izquierda, en lo que hoy son los números 34 y 36.

Fundado al principio fuera de la muralla medieval de la Navarrería, se trasladó más tarde a la rúa de los peregrinos. La bula papal dando licencia a la traslación data de 1355. Se trabajaba en su construcción en 1366, empleando parte de los materiales de la demolición del antiguo y en 1374 Carlos II destinó a las obras los bienes confiscados al deán de Tudela don Juan Cruzat, que por entonces cayó en desgracia del rey.

Aquel convento sería reedificado hacia 1600. En su iglesia radicaban varias cofradías de la ciudad, como la de la Vera Cruz, que más tarde se trasladaría a San Francisco, la de San José, la de San Cosme y San Damián, que era la de los médicos y cirujanos y la del Santo Cristo, de los curiales. Suprimido el convento en 1836, a raíz de la Desamortización de Mendizábal, fue cedido al Ramo de Guerra en 1842 y destinado primero a Hospital Militar y más tarde a cuartel y almacén.

El retablo mayor de su iglesia preside actualmente la antigua capilla del Museo de Navarra y otros retablos laterales se pueden ver en la parroquia de San Agustín. En 1898, el antiguo edificio conventual fue cedido a la ciudad y derribado pocos años después.

En su solar se alza un edificio de viviendas, levantado en 1968.

Casas con escudo de armas

Todavía hoy existen en esta calle media docena de casas que lucen aún en su fachada labras heráldicas con viejos escudos de armas que siguen pregonando con su lenguaje de piedra la nobleza de quienes fueron sus propietarios hace ya más de dos siglos.

La casa número 9 ostenta el escudo de los Gaztelu. Su dueño, don Roque Jacinto de Gaztelu y Sarasa, probó su nobleza para obtener el privilegio del asiento en las Cortes de Navarra en 1697.

La número 10 lleva el escudo de los Larreta. A finales del siglo XVIII la ocupaba don Eleuterio Bruno de Larreta, que obtuvo su sentencia de hidalguía en 1790.

La número 22 luce las armas de los Ezpeleta, ilustre familia a cuyo mayorazgo pertenecían numerosas casas de la ciudad, entre ellas la número 65 de la Calle Mayor, con su señorial fachada barroca.

La número 25 guarda dentro de un antiguo mirador acristalado el escudo abacial del monasterio de Urdax, al que perteneció hasta la Desamortización de Mendizábal. En ella vivió algún tiempo el valiente general don Tomás Zumalacárregui, que salió de ella un día de 1833 para ponerse al frente de los ejércitos carlistas. En 1938 el Ayuntamiento acordó dar su nombre al Portal de Francia, también llamado en otro tiempo Puerta del Abrevador. El barandado de su escalera ofrece la particularidad de estar hecho con cañones de antiguos fusiles.

La número 27 lleva un escudo atribuido a los Abárzuza de Moracea. La número 33, que antiguamente era conocida como la casa de los servidores, porque en ella habitaban algunos de los criados del palacio del virrey, luce un escudo de los Errea que no le pertenece y que se lo colocaron hacia 1960.

La antigua Inclusa

El espacioso solar en el que hoy se abre la calle Aldapa estuvo ocupado durante casi un siglo por la antigua Casa de Maternidad e Inclusa de Navarra. La fundó en 1804 el entonces arcediano de la catedral don Joaquín Javier de Uriz y Lasaga, que más tarde sería prior de Roncesvalles y obispo de Pamplona.

Hasta esa fecha, tanto los partos como la acogida de niños expósitos tenían lugar en el Hospital General, lo que hoy es Museo de Navarra. Las constituciones de la nueva institución benéfica fueron aprobadas por Carlos IV en agosto de 1806. El edificio tenía su fachada a la Cuesta del Palacio, pero en 1846 fue ampliado hasta la calle del Carmen, a la que se abrió una nueva fachada.

En 1934 se trasladó, junto con el Hospital de Navarra, a los nuevos pabellones de Barañáin. Al inicio de la Guerra Civil en 1936, se instaló en el abandonado caserón de la calle del Carmen el cuartel de Falange Española. En 1944 sería derribado y en el amplio espacio que ocupaba se trazó una nueva calle, a la que el 16 de noviembre de ese año el Ayuntamiento acordó bautizar con el nombre de Aldapa, nombre vasco que en castellano significa la cuesta, y que hace alusión a la cercana Cuesta del Palacio

El Portal de Francia

EL PORTAL DE FRANCIA O DE ZUMALACÁRREGUI

Juan José Martinena Ruiz
Jefe del Archivo Real y General de Navarra

Es éste sin duda uno de los rincones más sugerentes del Viejo Pamplona.

Este portal es el único de los seis que se abrían en el antiguo recinto amurallado al que le cupo la suerte de ser indultado de la piqueta, y que en consecuencia ha podido llegar intacto hasta nuestros días. Esta circunstancia, unida al hecho de que también se han conservado las murallas que configuran su entorno, que además han sido restauradas admirablemente en fecha reciente, hace de este singular monumento un verdadero punto de referencia dentro del patrimonio histórico de Pamplona.

Primero se llamó del Abrevador

Los orígenes del Portal de Fran cia se remontan a la época medieval, cuando la ciudad estaba dividida en tres distintas poblaciones, que antes habían sido cuatro. Por aquel entonces se le conocía como del Abrevador y era una de las puertas que existían en la primitiva muralla de la Navarrería. Por ella entraban los peregrinos que llegaban a nuestra ciudad siguiendo el Ca mino de Santiago.

Esta antigua denominación del Abrevador, que aparece ya en viejos documentos del siglo XIV, se siguió empleando hasta bien entrado el siglo XIX, aunque alternando con la otra más moderna de Portal de Francia. Después del Privilegio de la Unión de los Burgos, decretado por Carlos III el Noble en 1423, el portal pasó a ser uno de los que se abrían en la muralla exterior, que a partir de entonces pasó a ser común para toda la ciudad.

Coincidiendo con el inicio del reinado de Carlos I, que más tarde asumiría la dignidad imperial con el nombre de Carlos V, no fiando mucho las nuevas autoridades castellanas de la lealtad de un reino recién conquistado, como lo era a la sazón el de Navarra, se acometieron las costosas y prolongadas obras de las murallas de Pamplona, que habrían de durar más de dos siglos. En una primera fase, los trabajos se centraron principalmente en adaptar en lo posible los antiguos muros medievales a los nuevos sistemas de hacer la guerra, que por aquellos años estaban experimentando unos avances hasta entonces nunca vistos, y sobre todo en hacerlos más resistentes y menos vulnerables ante los mortíferos efectos de las nuevas piezas de artillería.

Dentro de este plan general de reformas, se inició la construcción del vecino baluarte del Redín –por aquella época se les llamaba todavía bastiones- en el ángulo de la vieja muralla donde hasta entonces había estado el torreón llamado de la Tesorería, y se derribaron varias otras torres que antes había, con el fin de dejar una muralla de frentes planos, con recios muros en talud, que pudieran ser batidas desde los flancos de los nuevos baluartes.

Construido en 1553

Y fue por entonces, siendo virrey de Navarra don Beltrán de la Cueva, duque de Alburquerque, cuando se reconstruyó el portal de arriba, el que da entrada a la calle del Carmen, en la misma forma austera en que hoy lo vemos. Un sencillo arco escarzano, en cuyas jambas son visibles todavía en la piedra las guías por las que cada anochecer se bajaba el rastrillo después del toque de queda.

Además, la puerta se cerraba con un recio portón de doble hoja, asegurado por el interior con buenos cerrojos y una pesada barra de hierro. Encima del arco, como único detalle ornamental, una hermosa labra heráldica con el escudo imperial de Carlos V, con el águila bicéfala, la corona imperial de los Habsburgo y los emblemas heráldicos de todos los reinos que constituían los dominios de la Corona española a mediados del siglo XVI. Al pie del monumental escudo, una pequeña inscripción nos da la fecha de construcción del portal AÑO 1553 DVCE BELTRANO ALBVRQVERQVE PRORREGE

Es decir que fue construido en ese año, siendo virrey de Navarra el duque de Alburquer que. Por cierto, que en 1560 el cantero Martín de Istúriz andaba en pleito con el tesorero de las obras, porque le dejó a deber 93 ducados del coste de la piedra. Hay que insistir en que hasta ahora nos estamos refiriendo no al portal de más abajo, que todavía conserva el puente levadizo y puede resultar más atractivo para el visitante por su aire romántico, pero que es de época muy posterior.

Hablamos del más antiguo, que es el de la parte de arriba, el que da acceso a la calle del Carmen. El portal de abajo, a pesar del puente levadizo que le da un aire casi medieval, es posterior exactamente en dos siglos al de arriba. Hacia 1720, el rey Felipe V, primer monarca de la casa de Borbón en España, creó el Real Cuerpo de Ingenieros del Ejército, a imitación del que existía en Francia desde el reinado de Luis XIV. Varios de los fundadores de dicho cuerpo, el marqués de Verbom entre ellos, visitaron la plaza de Pamplona, pieza estratégica para la defensa de la línea occidental de los Pirineos.

El plan general que elaboraron aquellos militares para mejorar las fortificaciones se centró especialmente en esta zona del recinto, en la que se proyectaron dos nuevos baluartes, que tardarían más de treinta años en acabarse: uno que rodeaba el antiguo bastión del Redín, que fue bautizado con el nombre de Nuestra Señora de Guadalupe, y otro que recibió el nombre de Nuestra Señora del Pilar, que reforzaba la defensa del baluartillo del Abrevador y de paso protegía el antiguo Portal construido como hemos dicho en 1553. Entre los dos nuevos baluartes, el pequeño revellín de los Reyes, venía a completar el sistema defensivo.

En la obras intervinieron, entre otros, los maestros José Pérez de Eulate y Juan Angel Cía y los canteros Pedro Camino, Pedro de Urte, Juan de Arreche y Bernardo de Arizmendi. La piedra se trajo de Pitillas.

Del año 1753 a la Primera Guerra Carlista

De entonces, concretamente de 1753, data el portal exterior, que todavía conserva el antiguo puente levadizo, y que ostenta en su frontis el escudo simplificado de España, que únicamente lleva las armas de Castilla y León y el escusón central con las flores de lis de los Borbones, sin incluir los escudos de los reinos de Navarra y Aragón, composición heráldica similar a la que existe en la puerta del Socorro de la Ciudadela.

Por su cara interior, el portal se cubre con una bóveda de ladrillo de arco rebajado, bajo la cual todavía se pueden ver las oxidadas ruedas de hierro, con sus resortes, cadenas y contrapesos, que hasta el año 1915 servían para alzar el puente levadizo en cada anochecer.

Este sistema, conocido por los ingenieros militares como “maniobra de Derché” se instaló en todos los portales en 1875, en sustitución de las antiguas palancas basculantes de madera, de tradición medieval, llamadas técnicamente flechas, que hacían balancín sobre un eje central y de cuyo extremo pendían las cadenas del puente. Al alzarse éste, las palancas encajaban en unas aberturas verticales, que más tarde se rellenaron de piedra tras la implantación del nuevo sistema.

El 31 de enero de 1939, sin terminar aún la Guerra Civil, el Ayuntamiento acordó cambiar la antigua denominación del Portal de Francia por la de Portal de Zumalacárregui, en recuerdo del valiente general guipuzcoano, que siendo vecino de la calle del Carmen, una mañana de 1833 salió por este portal, para ponerse al frente del ejército carlista, a cuyo mando obtuvo importantes victorias. A raíz de aquel acuerdo municipal se mandó colocar una inscripción en memoria del invicto general, en cuyo texto, acorde con la fecha en que fue redactado, se calificaba la primera Guerra Carlista como “gesta precursora del glorioso Alzamiento Nacional, que comenzando el 18 de Julio de 1936, bajo la dirección del Caudillo y Generalísimo Franco, llevó al triunfo los postulados encarnados en la Tradición”.

Supongo que ello ha dado lugar a que la lápida en cuestión haya sufrido varias veces actos de vandalismo; lo cual no quiere decir que no los hubiera sufrido también caso de que se hubiera cambiado por otra, digamos que más políticamente correcta. A pesar de todo, y aún dando por supuesto que siempre ha de haber gamberros iconoclastas y gentes que desconocen y desprecian la Historia, tal vez sería el momento de encargar una nueva lápida en recuerdo del ilustre militar vasco, que rememorase su figura egregia sin hacer ninguna referencia a la guerra del 36.