La Casa Consistorial

LA CASA CONSISTORIAL,
sede del gobierno municipal de la ciudad

Juan José Martinena Ruiz
Jefe del Archivo Real y General de Navarra

Un punto de referencia en la entrada triunfal que cada año hacen Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente en nuestra bimilenaria ciudad es la Casa Consistorial, sede del gobierno municipal, enclavada desde hace seis siglos en pleno corazón de la Vieja Iruña, donde en época medieval venían a confluir los antiguos burgos.

La primitiva casa de la Jurería

Una de las cuestiones que trata más detalladamente el Privilegio de la Unión, otorgado por el rey Carlos III el Noble el 8 de septiembre de 1423, es la construcción de la casa del ayuntamiento. Y es que, como anotó Leoncio Urabayen en su Biografía de Pamplona- este edificio materializaba la fusión urbana de los tres antiguos burgos, ya que vino a ser el pionero de su reciente unificación. El capítulo III de dicho privilegio, que lleva por título “Do se fará la casa de la Jurería et do será la campana de los jurados”, señaló cuál había de ser su emplazamiento: el foso de la torre de la Galea, de la antigua muralla del burgo de San Cernin: “Hayan a haber a perpetuo una casa e una Jurería, do se hayan a congregar por los aferes e negocios de nuestra dicha muy noble ciudat; et hayan a facer lo más antes que pudieren la dicha casa de jurería en el fosado que es enta la torr clamada la Galea, enta la part de la Navarrería, dejando entre la dicha torr et la dicha casa camino suficient para pasar, según está al día de hoy… Et metrán en la torr de la Galea o a otra part do a eillos plazdrá, una campana, al toco de la cual se plegarán los dichos diez jurados”. Y con respecto a la financiación de las obras, que se preveían costosas, en el capítulo VIII -“Quién es en este comienço thesorero de la ciudad… et cómo se deberá fazer la casa de la jurería”- se ordenó que ese año y los dos siguientes se deberían tomar de las rentas de la ciudad “para convertir en el dicho ayno en la fábrica de la casa de la dicha jurería la suma de septecientas libras carlines prietos”.

Las obras debieron de ir muy lentas, ya que sesenta años más tarde, en 1482, se dio orden de entregar a la ciudad 300 libras carlines, destinadas a la edificación de la casa. Parece que por esas fechas los trabajos tomaron un impulso notable. En 1483 la ciudad cedió al rey el privilegio de inmunidad a cambio de una renta anual de 400 libras, con el fin de invertirlas en la fábrica de la casa de ayuntamiento “que está principiada en la Navarrería, delante del Chapitel”, y una vez finalizase ésta, en la reparación de las murallas. Dicha ayuda, según una orden dada por los reyes Juan de Labrit y Catalina de Foix en 1486, se asignó sobre el producto del impuesto de la alcabala. Al parecer, las obras se hallaban ya muy adelantadas.

Un edificio en peligro de ruina

El hasta hace poco archivero municipal José Luis Molins, en su documentado libro sobre la casa consistorial, recoge noticias de distintas fechas en los siglos XVI y XVII, que indican que su estado de conservación era deficiente, hasta el punto de que en 1641 hubo que apuntalar el edificio, tarea que corrió a cargo de un carpintero apellidado Oyarzun. Un siglo después, el deterioro era ya tan acusado que los peritos empezaron a hablar de peligro de ruina. En 1751 se encargó a los maestros de obras Fernando de Múzquiz y Manuel de Olóriz un proyecto de reforma interior, por si con ello bastara para mantenerlo en las debidas condiciones. Ese mismo año se acordó que le hiciese un reconocimiento el coronel de ingenieros don Jerónimo Marqueli, quien a resultas del mismo informó que amenazaba ruina en algunas partes y necesitaba urgentemente una gran reparación. En vista de ello, y de que las obras podían durar bastante tiempo, los regidores pasaron a estudiar distintas opciones para trasladar provisionalmente la sala de sesiones, el archivo y demás oficinas municipales, teniendo en cuenta que en esa época no había en la ciudad muchas casas capaces de albergarlas en las debidas condiciones. Al final, se optó por la casa llamada del Condestable, al inicio de la Calle Mayor, donde hasta unos años antes habían residido los obispos y que pertenecía entonces al duque de Alba, como conde de Lerín. El propietario accedió amablemente a la solicitud que le dirigió el Regimiento, de suerte que en abril de 1752 se pudo efectuar el traslado a la sede provisional, cosa que se hizo con todo el ceremonial que el caso requería.

En cuanto al estado de la vieja casa consistorial, antes de tomar una resolución definitiva al respecto, tras varias y sesudas deliberaciones, los regidores encargaron en 1753 un nuevo reconocimiento a los dos maestros antes citados, los cuales esta vez fueron más tajantes en su dictamen. En él decían que, a la vista del estado de los suelos y de la estructura, opinaban que “cuando menos se piense puede arruinarse y caerse todo el edificio y causar graves daños a las casas vecinas”. En cuanto a las fachadas, la posterior y las dos laterales se encontraban “muy desplomadas para afuera”; solamente la principal se hallaba en las debidas condiciones y sin peligro de ruina, ya que la piedra era “de muy buen lustre y calidad”. Visto lo cual, en la sesión del 14 de mayo de ese mismo año, el Ayuntamiento –entonces se decía el Regimiento acordó derribar el edificio y levantar en su lugar otro de nueva planta.

Reedificada a mediados del siglo XVIII

Una vez decidida la reedificación, los munícipes encargaron el correspondiente proyecto al maestro de obras pamplonés Juan Miguel de Goyeneta, uno de los más acreditados que había entonces en su oficio. La contrata, que incluía la traza del frontis, se formalizó ante escribano el 31 de agosto de 1753. Un mes antes se había calculado para la obra un presupuesto de 186.612 reales. Inmediatamente empezaron las obras.

Pero en marzo de 1755, cuando iban muy adelantadas, y a pesar del compromiso adquirido con Goyeneta, el ayuntamiento volvió a plantearse el diseño que él había hecho de la fachada, que por lo visto no les terminaba de convencer. Tanto es así que –según anota Molins- decidieron recuperar del expediente otro proyecto que había presentado anteriormente don José de Zay Lorda, arquitecto y sacerdote pamplonés, a la sazón residente en Bilbao, cuyo alzado, con elegantes columnas pareadas, les parecía “de mayor garbo, lucimiento y esplendor”. Examinado por varios expertos, lo juzgaron también “de más gala y magnificencia que el que se tenía escriturado”; bien es cierto que su coste superaba al otro en 24.000 reales; pero cuando hay, como se dice ahora, voluntad política, el dinero no suele ser problema. Y de hecho, en esta ocasión no lo fue: en la sesión del 15 de marzo se hizo definitiva la elección del segundo proyecto, que en la documentación de entonces se le cita como “el de columnas”. Es fácil de imaginar el enfado que se debió de agarrar el bueno de Goyeneta.

Mientras tanto, las obras del resto del edificio seguían adelante, a cargo de los contratistas Múzquiz y Olóriz. En mayo de 1755 surgieron algunos problemas con las bóvedas del sótano. Las cosas se complicaron; en octubre del año siguiente el ayuntamiento les rescindió el contrato y el asunto acabó en los tribunales, algo que ocurría bastante a menudo. En agosto de 1756 se acordó que viniese de Tudela el maestro albañil José Marzal, al cual se le encargó la traza de la escalera principal, incluida la bóveda con su media naranja y su linterna, por la que se le libraron 80 pesos.

En abril de 1756 la fachada estaba edificada en tres de sus cuatro cuerpos, a falta del ático, para el que Goyeneta presentó dos proyectos diferentes. A la vista de ellos, los regidores acordaron que los examinasen los maestros de obras Juan Lorenzo Catalán, Pedro Aizpún y Fernando Díaz de Jáuregui y el maestro albañil Martín de Lasorda. Y ocurrió algo imprevisto, que fue que uno de los examinadores, Juan Lorenzo Catalán, se animó a presentar su propio proyecto. Y tuvo la suerte de que, con alguna modificación de detalle, fue aprobado por el Regimiento con fecha 10 de mayo y es el que se ejecutó y hoy podemos contemplar. La alegoría de la Fama que corona su frontón triangular, con los leones tenantes que sujetan los escudos de Pamplona y Navarra y las dos figuras de Hércules que lo flanquean, así como las dos estatuas alegóricas de la Prudencia y la Justicia –las virtudes del buen gobierno- sitas a ambos lados de la puerta principal, se encargaron al escultor José Jiménez. Una vez examinadas por los peritos en noviembre de 1759, se le pagaron por ellas 9.000 reales. La espada que tiene en su mano la Justicia, que la forjó el espadero Francisco González, costó 8 reales más. Y por dorar el clarín que porta la alegoría de la Fama que corona el ático se pagaron otros 80.

La rejería y labores de forja de ventanas y balcones, además de la cerrajería, corrió a cargo de Salvador de Ribas, que cobró 34.000 reales. En octubre de 1758 se efectuó la peritación de los trabajos de carpintería, ejecutados por Francisco de Olóriz y Baltasar Marticorena, con lo cual se procedió a la colocación de puertas y ventanas en las distintas salas y dependencias. En enero de 1759 los comisionados para supervisar las obras elaboraron una relación conteniendo una serie de trabajos complementarios que se consideraban precisos para dar por terminado el edificio, y cuya ejecución duró un año más. Quedó pendiente algún detalle, como el reloj de la fachada, que lo hizo el ya citado Salvador de Ribas, pero que no se instalaría hasta catorce años después.

Por fin, con las obras ya felizmente finalizadas, llegó el momento de abandonar la sede provisional que se venía ocupando desde hacía ocho años. El 26 de enero de 1760 se acordó el traslado de la corporación y de los servicios municipales a la nueva casa, “y que las argollas o picotas se pongan en el segundo suelo del frontis principal, en los dos costados del balcón donde tañen los clarines, para ejecutar las penas que de esta calidad se impusieren”. Lo que quiere decir que en esa fecha aún se seguían aplicando castigos infamantes. Tres días más tarde el ayuntamiento pudo celebrar su primera sesión en la nueva casa. Unos meses después, el día 4 de junio, tuvo lugar la solemne bendición, oficiada por el obispo don Gaspar de Miranda y Argaiz

Noticias del siglo XIX

Pascual Madoz, en su Diccionario geográficoestadístico- histórico de España y sus posesiones de Ultramar, después de afirmar que el edificio responde a “una arquitectura de mal gusto”, describe algunas de sus dependencias, tal como estaban en 1849: “En el primer piso están la secretaría y salones de juntas; por frente de la escalera se entra a un gran salón adornado con extraordinario lujo; tiene una inmensa mesa con escribanía de plata y sobre ella hay un dosel, también de damasco encarnado, bajo el cual se ve el retrato de la reina, pintado y regalado al ayuntamiento por Mariano Sanz en agosto de 1848. La hermosa sillería, los espejos, el precioso reloj, las magníficas arañas, arandelas y candelabros de cristal y bronce que adornan las mesas y paredes, dan un suntuoso y esplendente aspecto a este salón. El otro, en la parte opuesta, aunque más modesto, presenta también cosas notables, además de la gran mesa y dosel carmesí que se ostentan en el testero de la sala; campean en la pared los retratos de los reyes de Navarra desde su unión con Castilla. En el segundo piso está el archivo y la habitación del secretario”. Por su parte, Pedro de Madrazo, en su conocida obra Navarra y Logroño, publicada en 1886, describe la fachada del edificio en estos términos: “Presenta una fachada de tres cuerpos, el de abajo dórico, jónico el principal y el segundo corintio, con terrado y ático muy pesado encima, de muy saliente frontón, coronado con esculturas que representan una Fama de vulgarísimas formas, con escudos a los lados entre las zarpas de sendos leones tenantes, que más parecen perros que leones, y campanas de reloj. El terrado presenta una fea balaustrada con enormes volutas en sus extremidades, destinadas a soportar dos acroteras que sirven de pedestales a dos Hércules con la clava al hombro. Las columnas de cada cuerpo están pareadas y lleva cada par su entablamento de arquitrabe, friso y cornisa. Son cuatro parejas en cada cuerpo, y de consiguiente tres en cada piso los vanos. En el piso bajo, el grande arco de entrada al vestíbulo tiene entre sus columnas flanqueantes estatuas barrocas, y en su archivolta y enjutas adornos de mal gusto. Los vanos en los cuerpos principal y segundo están contorneados de follaje y cartelas de pésima forma”. Por lo que se ve, los eruditos del siglo XIX, despreciaban olímpicamente la arquitectura barroca del XVIII.

Construcción de la actual Casa Consistorial

Dos siglos más tarde, en torno al año 1950, nadie en Pamplona dudaba ya que el edificio levantado a mediados del siglo XVIII resultaba insuficiente para albergar las numerosas oficinas municipales y que además, por la anticuada distribución de sus salas resultaba poco funcional. La ciudad había crecido mucho, sobre todo en los últimos cincuenta años, y las dependencias destinadas a atender al público seguían siendo las mismas que en 1800, con pocas modificaciones. Se barajaron dos posibilidades: reforma y ampliación, o bien demolición y reconstrucción total. Incluso se habló –el año pasado lo recordábamos en esta misma revista– de recrear en este lugar una plaza mayor al estilo de las que se hacían en España entre los siglos XVI y XIX. La polémica estaba en la calle y no quiso ser ajeno a ella aquel gran pamplonés que fue Angel María Pascual, quien en una de sus incomparables Glosas a la ciudad –la del 15 de febrero de 1947– escribió este párrafo: “…El edificio del ayuntamiento debe ampliarse, pero no tragarse las casas del entorno. Porque su mayor encanto está en su contraste de casa gremial, de mueble barroco, de tallado reloj de pared, en medio de las fachadas deliciosamente vulgares de esas tiendas bajitas con olor de recatada artesanía”.

Tras largas deliberaciones, los munícipes –como habían hecho sus antecesores doscientos años atrás– decidieron la demolición del antiguo y noble caserón de 1760, del que solamente se respetó la fachada. Con ello se perdió para siempre el más importante de los edificios civiles barrocos de la ciudad. En su lugar se levantó uno más amplio de nueva planta, cuyo proyecto se encargó al arquitecto José María Yárnoz Orcoyen, fallecido en junio del pasado año 2011. El 4 de noviembre de 1951 el entonces alcalde Miguel Gortari Errea cerró simbólicamente el viejo portón e inmediatamente dieron comienzo los trabajos de derribo, a los que siguieron los de reconstrucción. Durante los dos años que duraron las obras, las dependencias se trasladaron provisionalmente al edificio que entonces ocupaba la Escuela de Artes y Oficios, en la calle Estella, esquina con la plaza del Vínculo. Hasta que el 9 de noviembre de 1953, con todo el ceremonial de las grandes solemnidades, el nuevo alcalde, Javier Pueyo Bonet, procedió a la apertura de la puerta de la nueva Casa Consistorial.

El interior del edificio, de líneas clásicas a pesar de su relativa modernidad, conserva valiosas obras de arte y diversas piezas de interés histórico procedentes del antiguo ayuntamiento, entre las que cabe señalar el monumental escudo tallado y policromado de las armas reales de la Casa de Borbón, de 1735 y procedente del Real Consejo, que preside el zaguán; la galería de retratos reales que decora la escalera principal, obra del cascantino Diego Díaz del Valle en 1797; el martirio de San Fermín, magnífica pintura de 1687 del madrileño Jiménez Donoso; los retratos de Sarasate, Gayarre y Eslava, de Salustiano Asenjo; el del rey Carlos III el Noble, pintado por Enrique Zubiri en 1923; el precioso Calvario de marfil del salón de plenos, y muchas otras obras de pintura, tallas, vidrieras y orfebrería, algunas de las cuales aparecen descritas de forma más detallada en el Catálogo Monumental de Navarra

La Plaza Consistorial

LA PLAZA CONSISTORIAL

Juan José Martinena Ruiz
Jefe del Archivo Real y General de Navarra

El hecho que inició la transformación e integración urbana de los terrenos que en época medieval existían en medio de los recintos amurallados de los tres burgos, fue la construcción de la primitiva jurería o casa consistorial. En 1423, Carlos III señaló claramente en el capítulo tercero del Privilegio de la Unión cuál había de ser su emplazamiento: “en el fosado que es ante la torr clamada la Galea, enta la part de la Navarrería”. Sin duda el rey quiso materializar con ello el espíritu del privilegio, que no fue otro que asegurar que lo que hasta entonces habían sido tres poblaciones distintas pasase a formar una sola ciudad y un solo municipio.

No obstante, la construcción de la casa no se debió de iniciar de modo inmediato, porque consta que en 1483, sesenta años después de la concesión de aqueldocumento, decisivo en la historia de Pamplona, se destinaron 300 libras a las obras de “la casa que está principiada a fraguar”.

La Plaza Consistorial con adornos Navideños (1958) (Archivo Municipal. Colección Arazuri)

Orígenes de la plaza

Por distintas noticias documentales que hemos podido localizar, parece que las murallas interiores que cerraban y separaban los tres burgos se derribaron en 1536, siendo virrey el marqués de Cañete, con el fin de aprovechar la piedra en la casa de las audiencias y en los nuevos baluartes que se estaban construyendo en el recinto fortificado exterior. Es a partir de entonces, al desaparecer la barrera que suponían los viejos muros y torres medievales, cuando la plaza fue adquiriendo un aspecto más urbano con la construcción de nuevas casas que, aunque no son las que vemos hoy, fueron configurando su perímetro.

Por la parte del burgo de San Cernin, entre la barbacana y la antigua muralla, demolidas en buena parte, se construyeron las casas que siguen la alineación de la actual calle de Santo Domingo. En el lado de la población de San Nicolás, una vez derribado el portal de la Salinería, la calle Zapatería se prolongó hasta la plaza actual y hasta la calle Calceteros. Y por la parte de la Navarrería, las casas que sustituyeron al desaparecido muro medieval, pasaron a conformar el lado este de la plaza.

Mientras tanto, dentro de este mismo proceso de urbanización de lo que antes era prado y tierra de nadie, se fue configurando también el lado norte de la plaza del Castillo – el del actual Café Iruña – con lo que el amplio espacio hasta entonces sin edificar del antiguo mercado y el chapitel quedó repartido en dos plazas: la del Castillo y la que ahora nos ocupa, que por entonces se llamaba plaza del Chapitel.

Plaza del Chapitel y mercado

La primera vez que hemos visto escrita esta denominación de plaza del Chapitel es en un proceso judicial del año 1534, en el que el fiscal acusaba a un tejero de un delito de injurias y desorden público cometido en este céntrico paraje de la ciudad.

A mediados del siglo XVI tenía lugar en esta plaza el mercado de abastos: carne, legumbres, frutas y verduras. Un plano de hacia 1580, encontrado y publicado por Florencio Idoate, anota este céntrico lugar de la Pamplona de aquella época como “plaça donde se bende la probisión”.

Por su parte, el Dr. Arazuri, en su Pamplona, Calles y Barrios, obra imprescindible para conocer la historia de nuestra ciudad, incluye la noticia de que en 1565 el Regimiento –que era como entonces se llamaba el Ayuntamiento– acordó trasladar las tablas o puestos de venta de carnes a la trasera de la casa consistorial, entre dicha casa y la iglesia de Santo Domingo, es decir, la plazuela que actualmente se denomina de Santiago.

Se compró una huerta propiedad de Antón de Caparroso para reunir allí las carnicerías, “para que estén todas juntas y los puestos donde se vendían los corderos”. De manera que a partir de ese año quedaron en la plaza del Chapitel solamente los puestos de fruta, verduras y hortaliza.

Más tarde, en 1580, se llevó a cabo el empedrado de una parte de la plaza, tarea que corrió a cargo de un tal Juan de Ardanaz. Estos trabajos de pavimentación se hacían sólo en aquellos lugares donde los regidores lo creían imprescindible.

En aquella época no hacían falta recortes presupuestarios como ahora, ya que la austeridad en el gasto fue una constante, salvo contadas excepciones, para nuestros munícipes en los siglos XVI y XVII. En 1597 se presentó un nuevo memorial “para empedrar la Plaza del Regimiento”, nombre muy apropiado, pero que no llegó a sustituir al de plaza del Chapitel.

Por su situación en el punto de confluencia de los tres antiguos burgos y por estar en ella la casa del Ayuntamiento, esta plaza era uno de los lugares más céntricos y frecuentados de la ciudad. Por ella pasaban todas las procesiones y en ella tenían lugar los principales actos civiles y muchos festejos populares.

Cuando en 1598 se celebraron en nuestra ciudad, con la mayor pompa, las exequias del rey Felipe II, los regidores convocaron a todo el vecindario a asistir a los funerales, para lo que deberían acudir previamente y, a ser posible, vestidos de luto, “a la plaza del Chapitel, delante de la casa de su Ayuntamiento”. Ese mismo año hubo en el mismo lugar funciones de comedias, a cargo de la compañía de Luis de Vergara.

Pero aquí ocurría de todo: en el Archivo de Navarra hay un pleito de una de las vendedoras de la plaza, Catalina de Ollo, contra el tejero Juan de Arraindu, por un libelo difamatorio que un día de 1609 apareció colocado en el puesto que ella atendía.

La última vez que hemos visto escrita la denominación de plaza del Chapitel es en un proceso del año 1642, sobre desalojo de una casa sita en ella.

Plaza de la Fruta y lugar de ejecución

Ya hemos dicho que a partir de 1565, año en que el ayuntamiento ordenó llevar los puestos de carnicería a la plazuela de Santo Domingo, o plaza de abajo, quedaron en la del Chapitel – también llamada plaza de arriba – solamente aquéllos en los que se vendían frutas y verduras.

Este hecho dio lugar, mediado el siglo XVII, al cambio de nombre de la plaza, que, dejando atrás la anterior denominación del Chapitel, pasó a llamarse plaza de la Fruta. El Dr. Arazuri, en su ya citada obra Pamplona, Calles y Barrios, dice que vio este nombre por primera vez en un documento de 1671, con motivo de que ese año se quemó en este lugar una colección de fuegos artificiales para celebrar el día del Corpus. Hasta en alguna ocasión se llegaron a correr toros por esos años.

Por nuestra parte, hemos encontrado una primera mención más antigua de la plaza de la Fruta en un pleito de 1658, en el que el administrador de la fundación de don Gabriel de Amasa demandó a Mariana de Hualde, viuda, y al administrador del hospital general, exigiendo el desalojo de una botiga sita en dicha plaza.

Desde que a finales del siglo XVII se empezó a aplicar en Navarra la pena de muerte en el garrote, reservando la horca para los crímenes más graves, el lugar donde se instalaba el patíbulo para esta forma de ajusticiar fue la plaza de la Fruta. Se eligió un lugar tan frecuentado porque se pretendía que las ejecuciones de reos tuvieran carácter ejemplarizante. La primera de que hay noticia tuvo lugar en 1693.

Casi siglo y medio después, en 1832, ya con una mentalidad más ilustrada, el Ayuntamiento solicitó al virrey “que se mude el sitio del suplicio de garrote, por los muchos inconvenientes de que se verifique en la Plaza de la Fruta”.

Reconstrucción barroca de la Casa del Ayuntamiento

Parece que a mediados del siglo XVIII la casa de la Jurería erigida en la segunda mitad del siglo XV se hallaba ya prácticamente en estado de ruina. En vista de ello, en abril de 1752 hubo que trasladar las sesiones del ayuntamiento a la casa del Condestable, en la Calle Mayor, en la que hasta unos años antes habían residido los obispos.

Se acordó reedificar la casa consistorial de nueva planta, iniciando las obras inmediatamente. En 1755 se comenzó a construir la fachada, según proyecto de José de Zay Lorda, que se prefirió al presentado por Juan Miguel de Goyeneta y cuyo coste se calculó en 24.000 reales.

Para el ático o remate del frontis se siguió la traza firmada por Juan Lorenzo Catalán. Las estatuas de la Justicia y la Prudencia, que flanquean la puerta, así como la alegoría de la Fama y los hércules y leones del remate, los hizo el escultor José Jiménez, que cobró por su labor 9.000 reales. Las rejas y balconaje, así como toda la cerrajería, fueron obra de Salvador de Ribas, a quien se pagaron 34.000 reales. Este mismo maestro instaló el reloj en 1774. La escalera, la media naranja y la linterna las construyó el maestro albañil José Marzal, vecino de Tudela.

El 23 de enero de 1760 se acordó el traslado de la corporación y de los servicios municipales a la nueva casa, “y que las argollas o picotas se pongan en el segundo suelo del frontis principal, en los dos costados del balcón donde tañen los clarines, para ejecutar las penas que de esta calidad se impusieren”. Es decir, que en esa fecha aún se seguían aplicando penas infamantes.

Como luego veremos, aquella noble construcción barroca, que lucía el empaque de los palacios de la época, fue demolida a finales de 1951, respetando únicamente la fachada, que es la que hoy ennoblece y da carácter a la actual Casa Consistorial.

Otras noticias del siglo XVIII

Según las ordenanzas municipales aprobadas el año 1772, la limpieza y aseo de la plaza corría a cargo de las panaderas, fruteras y recarderas que en ella tenían sus puestos, y también de las personas que tenían arrendadas las tiendas y botigas que la rodeaban.

Estas últimas debían barrer “desde el umbral de sus puertas hasta la primera línea de piedras taladradas, que sirven para afirmar los palenques y balanzas de que usan las fruteras”.

Las panaderas y fruteras debían hacerlo en el resto de la plaza, “depositando el escombro, mondas y desperdicios que recogieren con la escoba en el paraje que a este propósito se ha señalado en la misma plaza, para que a la hora en que ha de estar barrido, lo saque el carro de la limpieza”.

Unos años después, cuando a una con el proyecto de la traída de aguas de Subiza se encargó al pintor madrileño Luis Paret el diseño de las nuevas fuentes públicas que se trataba de instalar en la ciudad, uno de los lugares señalados para contar con una de ellas fue precisamente la plaza de la Fruta. Así se puede ver en los dibujos que entregó en 1788, que se guardan en el Archivo Municipal. Finalmente esta idea no se llevó a cabo, y la fuente en forma de obelisco que se había pensado para este lugar se acabó construyendo en la plaza de las Recoletas, donde continúa en la actualidad.

Otro proyecto que tampoco se llegó a realizar fue el de erigir en el centro de la plaza, frente a la Casa Consistorial, una estatua ecuestre –hubiera sido la única de este tipo en nuestra ciudad- en honor del general inglés duque de Wellington, cuyas tropas tomaron parte en 1813 en la liberación de Pamplona, ocupada por los franceses desde mayo de 1808.

De plaza de la Fruta a plaza Consistorial

Una completa descripción de la Pamplona, remitida por la ciudad a la Real Academia de la Historia en junio de 1801, dice de esta plaza lo siguiente: “La Plaza llamada de la Fruta, al frente de la Casa de Ayuntamiento, consiste en un cuadrilongo de ochenta varas de longitud y veinte y seis de latitud, y sin embargo de su corta capacidad, en esta plaza, que ocupa el centro de la ciudad y se halla contigua a la Alhóndiga de la Casa de Ayuntamiento y a la casa inmediata del Pósito, que tiene un gran patio titulado Plaza de Abajo, se celebran con el conjunto de todo los mercados y se hace la venta perenne de carnes, pescados, legumbres, verduras, frutas, caza y otros abastos”.

Medio siglo después, Pascual Madoz, en su Diccionario Geográfico, ponderaba la comodidad del sitio, “merced al excelente arreglo de los puestos y al orden que se manda observar”. No debía de opinar lo mismo el Ayuntamiento, el cual, creyendo sin duda que los tenderetes restaban empaque y solemnidad a la plaza, acordó en 1864 trasladarlos al mercado de la plazuela de Santo Domingo; lo mismo que tres siglos antes habían hecho los regidores de entonces con las tablas de los carniceros. “Que se quiten los tinglados existentes en la Plaza de la Fruta – dice la resolución municipal-, a fin de que ésta quede completamente desembarazada”.

Dos años más tarde, dado que después de ese traslado, la antigua denominación de Plaza de la Fruta ya no respondía a la realidad, en la sesión municipal del 27 de junio de 1866, se acordó sustituirla por la de Plaza Consistorial, nombre que se ha mantenido oficialmente hasta la actualidad; que no Plaza del Ayuntamiento, como la siguen llamando muchos pamploneses.

Un curioso proyecto de uniformar la plaza En 1945 saltó al primer plano de la actualidad pamplonesa un curioso proyecto, que pocos pamploneses conocen, que consistía en transformar el aspecto tradicional de la plaza, con sus casas de diferentes alturas y fachadas variopintas, para convertirla en esa plaza mayor a la española, que Pamplona nunca tuvo, con casas de la misma altura y aspecto uniforme, rodeando la Casa Consistorial. Su autor fue un prestigioso arquitecto de aquella época, Eugenio Arraiza, que fue concejal y teniente de alcalde en más de una legislatura por los años 40 y 50. Aquel proyecto, que nunca llegó a realizarse, no estaba mal concebido. Desde luego era una completa falsificación de la realidad y de la historia de la plaza, pero una falsificación bonita.

A quien no debió de convencerle fue a Angel María Pascual, quien en una de sus incomparables Glosas a la ciudad –la del 15 de febrero de 1947- escribió este párrafo: “…El edificio del ayuntamiento debe ampliarse, pero no tragarse las casas del entorno. Porque su mayor encanto está en su contraste de casa gremial, de mueble barroco, de tallado reloj de pared, en medio de las fachadas deliciosamente vulgares de esas tiendas bajitas con olor de recatada artesanía”.

Hay que decir que medio siglo antes, en 1898, cuando se reconstruyó en su forma actual la casa que hace esquina con la calle Calceteros, se habló de la posibilidad de corregir la irregularidad que presenta la planta de la plaza, haciéndola rectangular a costa de dejar libre el solar de dicha casa y el contiguo, derribando la casa que hace esquina con Mercaderes, donde hoy está la tienda de Gutiérrez, fundada en 1840.

Construcción de la actual Casa Consistorial

Por esos años -1950- nadie dudaba de que el edificio municipal levantado a mediados del siglo XVIII resultaba ya insuficiente y poco funcional. La ciudad había crecido mucho desde entonces y las dependencias destinadas a oficinas y otros servicios seguían siendo las mismas, con ligeras modificaciones.

Por fin, tras muchas y largas deliberaciones, los munícipes decidieron la demolición del antiguo y noble caserón barroco -del que solamente se respetó la fachada-, y su sustitución por un edificio de nueva planta, cuyo proyecto se encargó al arquitecto José María Yárnoz Orcoyen, que falleció en junio de este año 2011. El 4 de noviembre de 1951 el entonces alcalde Miguel Gortari cerró simbólicamente el viejo portón e inmediatamente dieron comienzo los trabajos de derribo. Dos años más tarde, el 9 de noviembre de 1953, el nuevo alcalde Javier Pueyo procedió a la apertura de la puerta de la nueva Casa Consistorial.

La última intervención importante en esta plaza fue la construcción de la casa del Área de Sanidad en el solar de la antigua Casa Seminario, que con otra contigüa se puede contemplar en la foto de la derecha y que es el mismo que hasta 1536 ocupó la imponente torre medieval de la Galea, en la muralla del burgo de San Cernin, desde la que en el siglo XIV se despeñaba a los condenados a la pena capital.