Premio Haba de Oro 2009: Aula infantil de Virgen del Camino

Premio “Haba de Oro” 2009 para el Aula infantil de Virgen del Camino

El Aula Hospitalaria del Hospital Virgen del Camino recibió el pasado 4 de enero de 2010 el VIII Premio Haba de Oro por el trabajo que desarrolla en la educación de los niños y niñas ingresados en este centro sanitario. La Asociación Cabalgata Reyes Magos de Pamplona quiso premiar con este reconocimiento la labor de estos profesionales de la educación para “dotar de recursos y habilidades a los niños para mostrarles un vínculo con el exterior”. El secretario de la Asociación, Eduardo Ruiz de Erenchun, en el acto de entrega del premio calificó la labor del Aula como “un oasis emocional en el desierto que supone una hospitalización”.

El galardón fue entregado por la alcaldesa de Pamplona, Yolanda Barcina Angulo, en el Salón Noble del Consistorio Pamplonés. Al acto de entrega del Haba de Oro acudieron también la consejera de Asuntos Sociales, Familia, Juventud y Deporte, María Isabel García Malo, así como diferentes miembros del jurado. En representación de los premiados tomó la palabra uno de los maestros del Aula, Pedro Belloso, quien agradeció la distinción y aseguró que el Aula Hospitalaria de Virgen del Camino no es “una clase al uso con pizarras, pupitres, mesas o libros, que los hay, sino mucho más, es un puente entre el niño y su centro escolar” y supone un “reto diario y una estructura unitaria de diversas competencias”.

Los representantes del Gobierno Foral, del Ayuntamiento de Pamplona, de la Asociación Cabalgata, miembros del jurado y, por supuesto, del Aula Hospitalaria, tras el acto de entrega del Haba de Oro 2009.

Fue a partir del curso escolar 2005/2006 cuando el Aula Hospitalaria de Virgen del Camino recibió un fuerte impulso por parte del Departamento de Educación que lo ha ido configurando hasta su estructura y funcionamiento actuales. Uno de sus impulsores, Javier Molina, oncólogo infantil del Hospital Virgen del Camino, destacó su “labor tremendamente compleja para dotar de recursos y habilidades a los niños, para mostrarles un vínculo con el exterior”. Desde su “debut”, el Aula ha tenido como alumnos a más de 2.500 niños, cerca de 500 niños cada año.

Hoy día, la Unidad Educativa Hospitalaria cuenta con dos aulas, una en el Hospital de Día “Natividad Zubieta” para pacientes de Salud Mental, en la que trabaja Pedro Belloso, y otra en la cuarta planta de materno infantil del Hospital Virgen del Camino. Ésta última ha sido la que recibió el galardón, y en ella trabajan actualmente Begoña Barbarin y Lourdes Sádaba. Forman parte del Equipo de Atención Hospitalaria y Domiciliaria, integrado también por Ana Artázcoz, Orientadora, que coordina la atención domiciliaria.

Como todos ellos se encargan de recordar, “aunque trabajemos en un Hospital, no somos personal sanitario, sino maestros especialistas en Pedagogía Terapéutica adscritos al CREENA, que es el Centro de Recursos de Educación Especial de Navarra, pero tenemos claro que la que realmente manda aquí es la salud de los niños. Por eso, siempre damos prioridad al personal sanitario”.

El día a día del maestro en el Hospital

Por hacernos una idea de cómo se organiza el Aula Hospitalaria de Virgen del Camino, podemos tomar como referencia las escuelas unitarias de los pueblos, en las que uno o dos maestros atienden las necesidades educativas de varios alumnos de edades y niveles distintos, y cada día preparan las clases para alumnos de varios ciclos, sin olvidar lo particular de cada niño. “El Aula Hospitalaria se parece un poco a estas escuelas, nos cuentan Pedro, Begoña y Lourdes, con un plus de flexibilidad, y es que nuestro alumnado es distinto cada día, e incluso en cada momento del día”. El horario de clase va de 10 de la mañana a 1 de la tarde, y de 2 a 4 y media de la tarde, excepto miércoles y viernes en los que no hay clase por la tarde. “Nuestra rutina, explican, no es como la de un profesor o un maestro en un colegio, nuestra metodología es muy dinámica, porque lo que prima ante todo es la flexibilidad que tenemos que tener para adaptarnos en cada momento, a cada situación y a cada niño en particular. Aquí entran en juego la veteranía y la formación, que te permiten saber qué hacer en cada momento, dependiendo de cada instante: más actividades tipo taller, más contenidos curriculares, más actividades plásticas. Y además hay que tener mucha mano izquierda… Yo creo que el adjetivo que mejor define nuestra labor es ‘flexibilidad’. Cada día, cada hora, cada momento es una adaptación continua al tiempo de hospitalización de cada niño, a las actividades de cada uno por separado y del conjunto de ellos, a cada estado de ánimo, a cada ritmo…”.

Mientras varios alumnos aprenden de la mano de Begoña Barbarin y Lourdes Sádaba, otros pueden completar sus tareas en los ordenadores de los que dispone el Aula.
Su primera tarea diaria es repasar el listado de niños ingresados, para saber cuántos y quiénes pueden ir a clase, y si hay niños nuevos. Nos cuentan los maestros del Aula, que “pasamos todas las mañanas a informar a todos los niños susceptibles de recibir clase en el aula, no sin antes saber si el momento es adecuado o no, ya que el estado de ánimo de los niños y las familias algunas veces es de mucha tensión, preocupación o tristeza… La visita de las mañanas es muy especial e importante para nosotros. A veces nos resulta difícil y otras muy gratificante, ya que en cuestión de 2 ó 3 minutos tenemos que empatizar con el niño e intentar enganchar con él rompiendo el hielo de lo desconocido”.

“Por eso, comentan los maestros, el éxito de nuestra intervención educativa depende del problema sanitario de fondo y de la situación personal del niño y su familia ese día o los posteriores. En todo caso, ni a los niños ni a sus familias se les plantea como algo obligatorio, sino como algo absolutamente voluntario, y que si el niño no quiere ir al aula, o no puede pero le gustaría, le ofrecemos la posibilidad de recibir clase en su habitación y ponemos a su disposición material para que aprenda en su habitación”.

Los niños ingresados tan sólo deben cumplir con tres requisitos para acudir al Aula Hospitalaria. El primero es el permiso por parte del responsable sanitario, que debe considerar si el estado de salud del niño es lo suficientemente bueno como para acudir al aula, y que esa actividad nunca repercutirá negativamente en su salud. Vamos, que “la salud es lo primero”. El segundo requisito es que los padres del niño den también su permiso; y el tercero es que hayan cumplido la edad de escolarización, los tres años.

Un niño hospitalizado puede acudir al Aula desde el mismo momento en que está ingresado en el Hospital Virgen del Camino. De hecho, aunque su ingreso sólo sea para un día, como en el caso de algunas intervenciones quirúrgicas, la intervención educativa puede acercarle al mundo de la escuela desde la pedagogía hospitalaria.

“Para estas situaciones, indican los maestros del Aula, hemos creado una Unidad Didáctica en la que el niño que va a ser operado puede ver y saber con qué se va a encontrar desde que llega al Hospital hasta que se va a casa, y muchos contenidos que tienen que ver con la hospitalización y operación: la habitación, la anestesia, los quirófanos, los médicos y enfermeras… Dicha Unidad Didáctica tiene un efecto muy positivo, ya que ayuda a los niños a dejar de lado la angustia y muchos de los miedos que tienen en ese momento”.

Un puente entre el Hospital y la Escuela

“Si un niño lleva varios días ya hospitalizado, explican Pedro, Begoña y Lourdes, nos ponemos en contacto con su centro, para conocer su programación educativa. Así podemos adecuar nuestra labor a las necesidades concretas de cada niño, de modo que cuando regrese a su colegio lo haga al mismo nivel que si no hubiese dejado de ir. Cuando los ingresos son largos, mantenemos coordinaciones semanales o quincenales con sus tutores, a los que informamos de los avances de cada niño y les entregamos los trabajos que han realizado, para que los puedan evaluar”.

Cuando hay niños que van a tener que alternar ingresos hospitalarios con periodos de convalecencia en casa, como los niños que reciben tratamientos de larga duración, “no sólo nos relacionamos con su centro, sino que realizamos un ‘triángulo de coordinación’ también con el equipo de Atención Domiciliaria, que se encarga de acercar el colegio a los niños convalecientes en casa”.

El Equipo de Atención Hospitalaria y Domiciliaria, de izquierda a derecha, Begoña Barbarin, Lourdes Sádaba, Pedro Belloso y Ana Artázcoz, revisan uno de los materiales creados para trabajar con los niños en el Aula.

El Equipo de Atención Domiciliaria está integrado por una Orientadora que coordina la atención educativa de los alumnos y los diferentes profesores que les atienden en los domicilios. Acuden a casa de los niños cuya enfermedad o convalecencia va a ser de al menos 21 días naturales seguidos, siempre que ésa sea la prescripción del médico. Imparten 5 horas semanales de clase a los alumnos de Educación Infantil y Primaria, y 8 horas semanales a los de Educación Secundaria y PosObligatoria, además de las 2 horas mensuales que destinan a coordinarse con los centros educativos de los niños para adecuar sus clases a los contenidos que deberían aprender en ellos.

“Con este programa, nos cuenta Ana Artázcoz, se busca que el niño no pierda la continuidad en su educación y que, cuando esté ya repuesto, pueda volver de nuevo a su clase sin perder nivel. Es importante atender al trabajo realizado por el profesorado de atención domiciliaria ya que, además de su formación académica, requiere habilidades de relación de ayuda necesarias para adoptar una actitud positiva que faciliten un adecuado afrontamiento de la situación vivida.”

La normalidad es terapéutica

“Es cierto, nos cuentan Pedro, Begoña y Lourdes, que en nuestro trabajo diario nos enfrentamos con el dolor de la gente, con la enfermedad e incluso con la muerte, pero os aseguramos que es un trabajo absolutamente gratificante, sobre todo cuando puedes ver a niños que olvidan por un rato el hecho de que están enfermos y se comportan como cualquier otro niño. No se trata de que estemos endurecidos ante el dolor, la enfermedad o la muerte, que no lo estamos, sino de los recursos que podemos poner en marcha para afrontar cada situación. En cierto modo, lo propio de nuestro día a día es movernos entre los extremos, ya que los momentos malos son muy malos, pero los buenos son tan gratificantes que superan cualquier expectativa. Los niños son absolutamente sorprendentes…”.
“Recuerdo que un invierno, comienza a contar Pedro Belloso, un día probablemente en torno a las fechas navideñas, nevó. Estaba ingresada una niña de 15 años, a la que vino a visitar una amiga. Después de la visita, la amiga de la niña enferma bajó a la calle y dibujó en la nieve un enorme corazón con los nombres de las dos. Al día siguiente le llamó por teléfono y le dijo que mirase por la ventana de la habitación, y la sorpresa fue enorme; su amistad estuvo dos días sellada en la nieve a vista de pájaro. Ese mismo día, nos cuenta Begoña, otra niña que estaba enferma estuvo haciendo un muñeco de nieve dentro de su habitación. Parecen cosas que tal vez no digan mucho, pero son hechos que devuelven a estos niños enfermos a la normalidad que supone para cualquier niño jugar con la nieve cuando nieva, o intercambiar sentimientos con otros niños. Son momentos en los que se olvidan de su enfermedad”.

“Cuando un niño enfermo entra en el Aula Hospitalaria, prosiguen Begoña y Lourdes, es como si la hiciera suya, es como salir del hospital y volver a hacer lo que hace cualquier otro día que no está enfermo. Se siente mucho más seguro, porque está haciendo algo que ya conoce. Es muy posible que ‘normalizador’ sea la palabra exacta, acudir a clase en el Hospital supone para ellos volver a lo normal, dejar de lado la enfermedad al menos durante un rato”.

A veces, la primera reacción de un niño enfermo cuando se le propone ir a clase es de rechazo, “no quiero, no me apetece… En ese momento, coinciden los maestros, no sabemos qué sucederá, pero al cabo de un tiempo te encuentras con que los niños vienen muy contentos, aprenden y se relacionan, y sus familiares te dan las gracias. Yo creo que pocas cosas en este trabajo son tan gratificantes como eso, somos profesores… Siempre tienes la sensación de recoger más de lo que siembras. Ha habido incluso niños que cuando llegaba el momento de volver a sus casas porque ya estaban curados, no querían dejar la clase…”.