Navidad en el rellano – Leyre Hualde

Premio VII Certamen literario ‘Heraldo de los Reyes Magos’
de Cuentos de Navidad 2017

 

Leyre_Hualde_Premiada

 

I

De un momento a otro la fachada del ayuntamiento se iluminó. Miles de bombillas rojas y blancas se encendieron provocando gritos de emoción entre los niños presentes en la plaza. “¡Mira qué bonito, mamá!”, dijo Silvia mientras tiraba de su mano. Al lado, Adrián miraba hipnotizado al edificio desde la altura que le proporcionaban los hombros de su padre. “¡Ya es casi Navidad! ¡Ya es casi Navidad, papi!”, repetía sin cesar.

A ella no le pasó desapercibida la sonrisa forzada de su marido mientras contestaba al pequeño. El la vio agarrar con fuerza el bolso y cambiárselo de hombro, en un intento, probablemente inconsciente, de alejarlo de su hija. Ambos evitaron los ojos del otro, no fuera que vieran reflejados en ellos el miedo que se ocultaba en los suyos.

Ese día los niños se durmieron enseguida, agotados después de ese pequeño paréntesis en la semana que suponía la fiesta de San Saturnino. “Los kilikis son lo que más me gusta de Pamplona”, había dicho Silvia muy convencida a la hora de comer. Sin embargo, al irse a la cama ya había cambiado de idea: “Lo que más me gusta es la Navidad -afirmó-, porque hay luces en las calles, se merienda chocolate caliente y se pueden comprar castañas… Justo como hoy y eso que todavía falta casi un mes”. “Y vienen los Reyes”, le recordó entre bostezos su hermano que, con tres años, por primera vez era realmente consciente de que, si se portaba muy bien, Melchor, Gaspar y Baltasar le dejarían algún juguete al lado de su zapato.

Tras los besos de buenas noches, Andrea se sentó en la cocina, con la mirada perdida, hojeando sin verlo el catálogo de juguetes que revisaban sus hijos un rato antes. ‘¡Me lo pido! ¡me lo pido!’, resonaban sus vocecillas en su mente. “¿Dónde has dejado tu bolso?”. La voz de Nacho le sobresaltó. Por eso, hizo un esfuerzo para parecer tranquila: “Por ahí estará… En nuestra cama, creo…”, le respondió mientras sus pasos se perdían por el pasillo. Cuando volvió, soltó el sobre encima de la mesa como si quemara y ella notó de nuevo ese peso que le había acompañado todo el día en el fondo de su bolso.

  • ¿Sabes que no conseguimos nada no abriéndolo, verdad?
  • Lo sé, pero no quiero ni leerlo… Total, ya sabemos lo que pone.
  • Cierto… Aquí está: “Debido a la deuda contraída con la empresa suministradora del servicio de luz y gas, se cortará el suministro de su vivienda el próximo 20 de diciembre. En caso de hacer frente al pago en el plazo de 7 días, se restablecerá el servicio en 24 horas. En caso contrario, el día 27 de diciembre se le retirará el contador.”
  • Joder, ¡en Navidad! ¿Esa gente no tiene hijos o qué?
  • Chss, no subas la voz, no vaya a ser que los niños sigan despiertos.
  • ¿Y qué vamos a hacer? ¿Me lo quieres explicar? Porque ya no me vale con que me digas que esté tranquila y que lo arreglaremos, porque no me lo creo.

Ese silencio denso que empezaban a conocer demasiado bien se instaló de nuevo entre ellos. Andrea repasó mentalmente las cuentas que se sabía de memoria. Por un lado, el sueldo precario de Nacho y lo poco que ella ganaba trabajando esporádicamente; por otro, la maldita hipoteca, los gastos de la casa, la comida, la ropa y las pocas cosas que compraban cuando eran realmente necesarias. Meses atrás, cuando la balanza comenzó a inclinarse poderosamente hacia el lado de los gastos y ellos ya no podían privarse de nada más, dejaron por primera vez un recibo sin pagar. Un pequeño gesto que no significaba nada en las cuentas de una gran compañía, pero que abrió la puerta de su casa a la vergüenza y el sentimiento de culpa.

Los sobres empezaron a llegar. Primero, en tono amistoso; luego, amenazadores. Y ahí, ante sus ojos, en la mesa de la cocina, estaba la sentencia: en menos de un mes se quedarían sin luz. Y sin calefacción. Y sin agua caliente. Y sin dibujos animados por la mañana. Y sin cuento de buenas noches. Y sin luces en el árbol de Navidad.

 

II

Cuando sonó el despertador, Andrea y Nacho seguían tan despiertos como al acostarse. Durante toda la noche, sus ojos habían estado fijos en la oscuridad, como si trataran de adaptarse a ella. Al fin y al cabo, eso es lo que les esperaba: unas Navidades en tinieblas.

Con miedo, Nacho apretó el interruptor. Había luz. “Al menos, los niños se van a ir al cole tan contentos… Cuando vuelvan les dices que algo se ha roto y vamos a estar unos días así… para ellos será casi como un juego”, comentó. “Si, ya lo hemos hablado… Sigo creyendo que es mejor decirles la verdad, pero bueno, haremos el paripé por lo menos hasta Nochebuena”, respondió Andrea con amargura.

La emoción de alumbrar la casa con velas y de dormir juntos en una cama para estar más calentitos duró poco. “Mamá, diles a los señores de la luz que la arreglen ya, que mañana es Nochebuena”, se quejó Silvia esa tarde. A partir de ese momento, los dos niños centraron todos sus esfuerzos en convencer a su madre de que una Navidad sin luces en el árbol no era Navidad. Como si ella pudiera hacer algo… “Cenaremos algo por ahí, me da igual el dinero”, le dijo con determinación esa noche a Nacho. “Así no estaremos a oscuras en Nochebuena, que se me parte el corazón escuchando a los niños”.

La Nochebuena fuera de casa acaparó las conversaciones de los niños esa noche: “¿A dónde irían?, ¿podrían cenar pizza?, ¿y helado de postre?, ¿habría más niños o sería una cena de mayores?”. Las preguntas parecían no tener fin y su alegría cotidiana poco a poco contagió a Andrea y Nacho, que por primera vez en meses alejaron los problemas de sus cabezas y se centraron en disfrutar de ese tiempo con sus hijos.

La cena fue un éxito. Silvia y Adrián cenaron pizza y helado, cantaron villancicos y corretearon por todo el restaurante con los otros niños. Al día siguiente, el pequeño todavía estaba tan alterado que Nacho decidió llevárselo a dar un paseo. De vuelta a casa, la vecina de enfrente, acompañada por dos de sus nietos, les alcanzó en el portal. Aurora disimuló su sorpresa al enterarse, por boca de Adrián, de que habían cenado fuera porque la luz “se había rompido hace días”, pero no dijo nada. “Se dice roto, Adrián”, corrigió Nacho mecánicamente. “Anda, vamos a subir andando y así no molestamos a Aurora que casi no vamos a caber en el ascensor”, dijo llevándose al niño con la mirada perdida.

 

III

Con el primer timbrazo, Andrea, que estaba dormitando en el sofá, se sobresaltó. Con el segundo, se levantó a abrir esperando con todas sus fuerzas que al otro lado de la puerta no estuvieran los empleados de la compañía eléctrica dispuestos a retirarles el contador un día antes de lo previsto. Al encontrarse frente a ella a su vecina Aurora, se relajó y suspiró con alivio.

-Chica, parece que has visto un fantasma- saludó Aurora-.

-No, no… lo que pasa es que me has pillado en la siesta- se excusó-. ¿Qué quieres? ¿Necesitas algo?

– No, solo venía a desearos feliz Navidad y a invitarte a que pases a mi casa a tomar un café y charlar un rato, si tienes tiempo.

– Claro… Cojo las llaves y voy- dijo Andrea, sorprendida.

El calor del salón, el olor a café recién hecho y las luces del pino recibieron a Andrea, que intentó no pensar en todas las navidades anteriores, en las que ella también disfrutaba de esos pequeños lujos sin ser consciente de ello. Aurora, que trajinaba en la cocina, le invitó a sentarse y enseguida apareció con dos tazas y dos porciones de bizcocho. Le preguntó si los niños habían sacado buenas notas, si iban contentos al colegio, qué tal el trabajo de Nacho, si ella había hecho alguna entrevista últimamente… rodeos para evitar la cuestión que rondaba en su mente desde la tarde anterior.

Finalmente, se llenó de valor y retorciendo una servilleta entre las manos, le dijo: “Mira Andrea, sé que igual me estoy metiendo en donde no me llaman y por eso no quiero que te enfades por lo que te voy a decir… Ayer me encontré con Nacho y el niño en el portal y no dejó de darle vueltas a una cosa que el pequeño me dijo… ¿Os han cortado la luz?”. Ante el silencio de Andrea, que se había quedado paralizada, Aurora continuó: “Si me estoy confundiendo y me he montado una película en la cabeza, lo siento mucho; pero si tengo razón, me gustaría que sepas que me lo puedes decir, que las vecinas estamos para ayudarnos”.

Andrea intentó tomar un sorbo de café, pero el temblor de sus manos no le dejó ni coger la taza. No había hablado con nadie acerca de la situación que estaban viviendo y no sabía por dónde empezar. Así que se lo contó todo a su vecina: la inquietud de las cuentas que no salen, los números rojos que no pueden esquivarse, el primer recibo sin pagar que cae como una losa y, por último, la oscuridad. Una oscuridad que burlaron durante unas horas delante de una pizza, pero que seguía ahí por la mañana y que sería casi definitiva cuando les quitaran el contador. “Y todo en Navidad”, repetía Andrea entre lágrimas. “Creemos que los niños todavía no son conscientes porque disfrutaron mucho en Nochebuena, pero ¿qué vamos a hacer en Nochevieja y en Reyes?”.

Esa noche Aurora dio más vueltas de las habituales en la cama y no precisamente por culpa del dolor de su cadera recién operada. No conseguía quitarse de la cabeza a los dos niños tan simpáticos que vivían en la puerta de enfrente. “En vez de disfrutar de las fiestas como deberían, van a darse cuenta de lo jodida que es la vida a veces”, se lamentaba.

Cuando comenzó a amanecer, cansada de estar tumbada sin poder dormir, Aurora se levantó y se sentó frente a su tocador, abrió el segundo cajón y sacó la cartilla que había actualizado días antes. Sin poder aguantarse, y animada por la idea que se había abierto paso en su mente durante la noche, llamó a su hija en cuanto dieron las siete. “Quiero que vengas a desayunar porque tengo que contarte una cosa y pedirte que me lleves al banco”. “No, no me he vuelto loca, ya sé qué hora es”. “Tú ven, que no tenemos mucho tiempo”.

 

IV

Al salir del banco, Aurora sintió una emoción ya casi olvidada: esa mezcla de nervios y alegría que le recorría el cuerpo la noche de Reyes imaginando la cara de su hija al abrir los regalos. Tras pagar la deuda de sus vecinos, le habían informado de que no tardarían mucho en dar de nuevo de alta el servicio, siempre que los técnicos no hubieran quitado ya el contador. “De todas formas, vamos a pasar el aviso para que no lo retiren, señora, esté tranquila”, le habían dicho.

Aprovechó el resto de la mañana para hacer algunos recados y, cuando la cadera empezó a molestarle, se dirigió lentamente a casa. Al doblar la esquina, levantó la mirada hacia su balcón como hacía siempre y, allí, en la ventana de al lado, vio parpadear las luces verdes, rojas y azules del árbol de Navidad de Silvia y Adrián.

Satisfecha, aceleró el paso y entró en el portal pensando si debía hablar directamente con sus vecinos o si era mejor esperar un poco. Sin embargo, no tuvo que tomar ninguna decisión. En cuanto el ascensor alcanzó el tercer piso, Andrea salió al rellano con los ojos brillantes. “Aurora, tenemos luz. Alguien la ha pagado por nosotros… ¿Tienes algo que ver?”. “Puede ser… Estas cosas pasan en Navidad”- respondió la anciana con una sonrisa.