Juan José
Martinena Ruiz
Jefe del Archivo Real y General de Navarra
Cuando
en 1324 el rey Carlos el Calvo otorgó desde París el privilegio
para la reedificación de la Navarrería, que se hallaba destruida
y despoblada desde la guerra de los burgos de 1276, las nuevas
calles que se habían empezado a trazar fueron clasificadas en
tres categorías, según lo que en ellas se debía pagar de censo
por cada codo de fachada hacia la vía pública. Una de las de
primera categoría, en la que se debía pagar seis dineros por
codo, era la calle
“de hospitali Sanc/
Michaelis usque ad Sanctam Ceciliam”;
es decir, la que iba desde el hospital de San Miguel hasta la
basílica de Santa Cecilia. Así nació, o mejor renació, la actual
calle Navarrería, que durante mucho tiempo, incluso ya antes de
la destrucción de 1276, se llamó rúa de Santa Cecilia.
Si, como parece, el desaparecido hospital
de San Miguel estuvo en el solar de la actual sede del INAP y
del Departamento de Cultura y Turismo, y conociéndose con
seguridad el emplazamiento que ocupó la también desaparecida
iglesia de Santa Cecilia, creemos que esta iden7ficación es la
correcta. En 1350, según el llamado Libro del monedaje, se
contaban en esta rúa trece fuegos, es decir hogares o casas
habitadas. En 1427 no aparece en el libro de fuegos;
posiblemente habría sido incluida en la vecina en la vecina rúa
de los Peregrinos, que era la actual calle del Carmen.
La primera vez que hemos
encontrado citada la calle con su nombre actual es en dos
procesos judiciales del año 1532. Uno de ellos lo litigó Juan de
Elizondo, oidor o juez de finanzas de la Cámara de Comptos,
contra la viuda de Juan de Zozaya, recibidor que fue de la
merindad de Sangüesa, por la posesión de dos casas en esta
calle. El otro lo inició el mercader Arnal de Casanova contra
Antón de Caparroso, reclamando que se procediera a la ejecución
de su casa por el impago de una deuda de 3.300 libras. Un año
después tuvo lugar otro pleito de Isabel de Eguiarreta contra
don Juan de Larrasoaña, señor de Mendillorri, por la restitución
de otra casa.

A lo largo del siglo XVI
aparecen en otros procesos los nombres de los dueños e
inquilinos de otras casas de esta calle, de profesiones y
oficios muy diversos: nobles como el vizconde de Zolina don
Jerónimo de Garro o el palaciano de Burlada; abogados, como el
licenciado Aoiz o el licenciado Gúrpide; miembros del cabildo de
la catedral, como el arcediano de Santa Gema; curiales como
Martín de Zunzarren, secretario del Real Consejo; ensambladores
y architeros como Pedro de Contreras o Juan de Azoz; gremios
como el de los zapateros, e incluso un soldado de la compañía
del capitán Vázquez de Prada.
Más tarde, a finales del
siglo XVIII, vivía en esta calle el licenciado don Miguel
Pascual de Nieva, uno de los abogados de mayor prestigio de la
ciudad, que habitaba la casa que hoy lleva el número 9, donde
años más tarde se establecería el impresor y librero Paulino
Longás. No muy lejos, en el actual número 15, estuvo otra
librería e imprenta: la de Gadea. En la misma casa vivía en 1823
Fiacro Iráizoz, que debía de ser el padre del popular escritor
del mismo nombre, autor de los conocidos versos dedicados a los
gigantes de Pamplona.
Aún hubo por aquí una
tercera imprenta, la de Joaquín Domingo, que estuvo donde hoy
está la casa número 27. En la casa número 13 vivía hacia 1833
doña Pancracia Ollo, la esposa del general Zumalacárregui.
Otros vecinos conocidos
que vivieron en esta calle a finales del siglo XVIII y comienzos
del XIX fueron, entre otros el prestigioso cirujano don Lorenzo
Mariategui, el platero Bernardo Castañeda, el maestro de obras
Manuel Larrondo, el tesorero de las rentas reales de tablas y
del tabaco don Xavier Berroeta y el fiscal del tribunal
eclesiástico de la Curia don Miguel Antonio de Osambela.
La casa-palacio del marqués de Rozalejo
Esta
calle se ve ennoblecida con la presencia de cuatro casas
blasonadas. Si la recorremos en el sentido en que lo hace la
Cabalgata, que es el inverso al que sigue la numeración de los
portales, la primera que nos encontramos es la señorial casona
del marqués de Rozalejo, que originariamente fue la casa
principal del mayorazgo de los Guendica.
La mandó construir en 1739
un ilustre militar bilbaíno, el teniente general y caballero de
la Orden de Santiago don Luis de Guendica y Mendieta, casado con
la pamplonesa doña María Ignacia de Aldunate y Martínez de Ujué.
No llegó a vivir en ella, porque por su profesión estuvo siempre
destinado fuera de Pamplona. Sí que la habitó su hijo don
Francisco Ignacio Guendica y Aldunate, también militar, que
alcanzó el grado de mariscal de campo, desde 1790 hasta su
fallecimiento en 1801. De él pasó a su sobrino don Fernando
María Daoiz y Guendica, teniente general de la Real Armada y
caballero de la Orden de Calatrava. Al morir éste en 1808,
recayó en su hijo don Policarpo Daoiz y Sala, quien años después
heredó también el título de marqués de Rozalejo, que le fue
otorgado por Carlos IV en 1801 a su tío don Félix María de Sala
y Hoyos, alférez de navío de la Real Armada y caballero de
Santiago. Le sucedió su hijo don Fernando Daoiz y Argaiz, que
fue alcalde de Pamplona y hoy tiene dedicada una calle del
Primer Ensanche: la calle del marqués de Rozalejo.
La elegante fachada
barroca, construida toda ella en piedra de sillería, conserva en
el remate de su frontis una hermosa labra heráldica que ostenta
en escudo cuartelado las armas de los apellidos Guendica,
Aldunate, Martínez de Ujué y Mendieta. El edificio, actualmente
muy degradado, necesita una completa restauración.
Otras casas con escudo de armas
Un poco más adelante, en la misma acera en dirección a la calle
Mercaderes, la casa que hoy lleva el número 13 luce en su
fachada un escudo picado, que antiguamente llevaba labradas las
armas de la nobleza colectiva de los naturales del valle de
Larráun, porque un originario de este valle, don Pedro José de
Oteiza y Larráyoz, casado con doña Manuela de Urdániz, ganó su
ejecutoria de hidalguía en 1764 alegando ser descendiente de la
casa llamada Loyzat, síta en el lugar de Huici.
Casi enfrente, ya en la
plazuela que se llamó antiguamente de Zugarrondo, la casa que
lleva el número 8 ostenta el escudo con las armas de los linajes
de Lanz y Repáraz, que mandó poner su dueño don José Joaquín de
Lanz y Repáraz cuando en 1775 ganó su ejecutoria alegando ser
originario de la casa llamada Garaicoechea en el pueblo de Lanz.
Por último, volviendo a la acera de los impares, la casa del
número 5, casi ya en la esquina con Mañueta, lleva el escudo de
los Gainza, porque su dueño don Fermín de Gainza y Lanz obtuvo
sentencia de hidalguía en 1757, como descendiente de casa
Esteribarena de Yábar, en el valle de Araquil.
La fuente de Santa Cecilia
En la plazuela triangular
que forma esta calle delante de la fachada del palacio de
Rozalejo y que antiguamente se llamó de Zugarrondo por el olmo
que existió en ella, se halla situada la fuente de Santa
Cecilia.
Es una de las cinco que
diseñó para nuestra ciudad en 1778 el pintor madrileño Luis
Paret y Alcázar, de las que aún se conservan, además de esta, la
de Neptuno en la plazuela del Consejo y la de Recoletas, en la
plaza del mismo nombre.
Se llama de Santa Cecilia
porque su primitivo emplazamiento fue delante de la basílica de
dicha advocación, que como luego diremos estuvo situada en la
esquina de la calle Navarrería con la de Curia. Tras la
desaparición de aquella iglesia, la fuente permaneció allí hasta
el año 1913, en que fue trasladada al lugar actual.
Es de piedra de sillería,
de estilo academicista, con tres pilas en forma de concha y
encima un cuerpo cilíndrico dividido verticalmente en tres caras
o frentes por una decoración clasicista de guirnaldas, que
exorna también cada uno de los tres caños. La bonita
composición, proporcionada y armónica, remata en un jarrón
imperial. Con la fachada barroca de la casa señorial como telón
de fondo, compone una estampa netamente dieciochesca.
Antes de la construcción
de la fuente, que se inauguró en 1790, había en esta plazuela un
pozo, a la sombra del olmo al que antes nos hemos referido.
Aquel pozo contaba con una tapa de hierro que los mayorales del
barrio cerraban con llave todas las noches desde el toque de
oración hasta el alba.
Por unas cuentas
municipales de la época, sabemos que en 1639 se pagó a dos
empedradores 60 reales “por 15 brazadas que han empedrado en la
calle de la Navarrería, junto al olmo”. Años más tarde, en 1680,
Juan de Zariquiegui cobró 34 reales y 18 maravedís
“por el empedrado que ha hecho en la
plazuela del árbol de la Navarrería”.
Una crónica más antigua,
de cuando pasó por Pamplona Isabel de Valois, la prometida de
Felipe II, en 1560, dice que uno de los lugares por donde pasó
el cortejo fue
“el árbol de la placeta de la Navarrería,
delante de la casa de Orisoain…”
La
desaparecida basílica de Santa Cecilia
Aquella iglesia, que fue
demolida a mediados del siglo XIX, era muy antigua, ya que sus
orígenes se remontan hasta el siglo XI.
El rey Sancho el Mayor la
donó a Leire allá por el año 1032, pero como ello dio lugar a
discordias de los monjes con el obispo y el cabildo, un siglo
más tarde García Ramírez el Restaurador la permutó con el
monasterio por otros bienes y se la dio al obispo don Sancho,
quedando desde entonces vinculada a la Catedral.
Estaba situada junto a la
primitiva muralla de la Navarrería, hasta que en 1189 el rey
Sancho el Sabio permitió edificar casas rebasando aquella línea
en contra de los privilegios del vecino burgo de San Cernin.
Sabemos que en la fachada de la basílica había un escudo de
piedra con las armas reales de Francia y de Navarra, cadenas y
flores de lis, lo que parece indicar que habría sido reedificada
a finales del siglo XIIIo comienzos del XIV, debido posiblemente
a que habría sido destruida, como todo el barrio, en la cruenta
guerra civil de los burgos de 1276.
Mucho tiempo después, en
1575, fue derribada por el ayuntamiento para construir una
fuente pública, lo que dio lugar a un ruidoso pleito con los
mayorales y vecinos de la Navarrería, que sin licencia municipal
iniciaron su reconstrucción en 1583, porque decían que por su
céntrica ubicación era muy frecuentada por los vecinos y por
todos los que acudían al mercado.
Además,
ellos celebraban sus juntas en la casa aneja, en la que todos
los años, por Pascua, elegían al prior del barrio. Al final, los
regidores acordaron hacer la fuente adosada a la pared de la
iglesia, donde se mantuvo hasta que en 1790 se inauguró la
fuente neoclásica. A raíz de la ley de Desamortización, la
basílica fue cerrada al culto en 1840, destinándola a almacén, y
en 1852 fue demolida para levantar en su lugar la casa que hace
esquina con la calle Curia.
Tenía un retablo barroco
de 1747, obra de Tomás Font y José Ferrer, que vino a sustituir
a otro renacentista, que hizo Nicolás Pérez en 1562. Poco antes
de la demolición, se llevó a la capilla de la Inclusa. El Cristo
que había en la fachada fue colocado en la casa de la calle
Mañueta que hace esquina con Mercaderes y la imagen de Santa
Cecilia, de lo poco que se salvó del derribo, la conserva el
Orfeón Pamplonés, que la honra todos los años con misa solemne
el día de su festividad.
Como esta serie de artículos pretende ofrecer al lector la
historia de las calles que recorre la Cabalgata de los Reyes
Magos en la tarde del 5 de enero, no nos hemos ocupado del otro
tramo de la calle Navarrería, el comprendido entre la fuente de
Santa Cecilia y el atrio de la Catedral, porque por él no pasa
el alegre cortejo que despierta la ilusión de los niños
pamploneses.
De esta parte diremos
únicamente que el edificio que hoy sirve de sede al Departamento
de Cultura y Turismo y al Instituto Navarro de Administración
Pública fue construido en 1865 para Instituto Provincial de
Segunda Enseñanza, y cuando éste se trasladó en 1944 a la plaza
de la Cruz, fue destinado a Escuela de Comercio, más tarde
Escuela Universitaria de Empresariales.

Hasta la Ley de
Desamortización de Mendizábal en 1835 ocupó su solar la casa del
canónigo hospitalero de la Catedral, que tenía anejo un modesto
hospital cuyos orígenes se remontaban al siglo XII.
Otras casas de esta zona
alta de la calle pertenecían a distintos canónigos del cabildo
catedralicio. Tras ser incautadas y enajenadas por el gobierno
liberal como bienes nacionales en virtud de las leyes
desamortizadoras, serían reedificadas por sus nuevos
propietarios entre los años 1840 y 1860.
En nuestro libro "La
Pamplona de los burgos y su evolución urbana" la incluimos como
la rúa de la Pitancería, una prolongación o anejo del cercano
barrio de la Canonjía. El Dr. Arazuri en su Pamplona, calles y
barrios, que recoge noticias de un documentado trabajo publicado
por Pedro García Merino en la revista gráfica “Pregón” en su
número de San Fermín de 1965, dice que en el siglo XVIII era
conocida como calle de la Ración, que viene a ser como una
versión modernizada del antiguo nombre medieval.