La Casa Consistorial

LA CASA CONSISTORIAL,
sede del gobierno municipal de la ciudad

Juan José Martinena Ruiz
Jefe del Archivo Real y General de Navarra

Un punto de referencia en la entrada triunfal que cada año hacen Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente en nuestra bimilenaria ciudad es la Casa Consistorial, sede del gobierno municipal, enclavada desde hace seis siglos en pleno corazón de la Vieja Iruña, donde en época medieval venían a confluir los antiguos burgos.

La primitiva casa de la Jurería

Una de las cuestiones que trata más detalladamente el Privilegio de la Unión, otorgado por el rey Carlos III el Noble el 8 de septiembre de 1423, es la construcción de la casa del ayuntamiento. Y es que, como anotó Leoncio Urabayen en su Biografía de Pamplona- este edificio materializaba la fusión urbana de los tres antiguos burgos, ya que vino a ser el pionero de su reciente unificación. El capítulo III de dicho privilegio, que lleva por título “Do se fará la casa de la Jurería et do será la campana de los jurados”, señaló cuál había de ser su emplazamiento: el foso de la torre de la Galea, de la antigua muralla del burgo de San Cernin: “Hayan a haber a perpetuo una casa e una Jurería, do se hayan a congregar por los aferes e negocios de nuestra dicha muy noble ciudat; et hayan a facer lo más antes que pudieren la dicha casa de jurería en el fosado que es enta la torr clamada la Galea, enta la part de la Navarrería, dejando entre la dicha torr et la dicha casa camino suficient para pasar, según está al día de hoy… Et metrán en la torr de la Galea o a otra part do a eillos plazdrá, una campana, al toco de la cual se plegarán los dichos diez jurados”. Y con respecto a la financiación de las obras, que se preveían costosas, en el capítulo VIII -“Quién es en este comienço thesorero de la ciudad… et cómo se deberá fazer la casa de la jurería”- se ordenó que ese año y los dos siguientes se deberían tomar de las rentas de la ciudad “para convertir en el dicho ayno en la fábrica de la casa de la dicha jurería la suma de septecientas libras carlines prietos”.

Las obras debieron de ir muy lentas, ya que sesenta años más tarde, en 1482, se dio orden de entregar a la ciudad 300 libras carlines, destinadas a la edificación de la casa. Parece que por esas fechas los trabajos tomaron un impulso notable. En 1483 la ciudad cedió al rey el privilegio de inmunidad a cambio de una renta anual de 400 libras, con el fin de invertirlas en la fábrica de la casa de ayuntamiento “que está principiada en la Navarrería, delante del Chapitel”, y una vez finalizase ésta, en la reparación de las murallas. Dicha ayuda, según una orden dada por los reyes Juan de Labrit y Catalina de Foix en 1486, se asignó sobre el producto del impuesto de la alcabala. Al parecer, las obras se hallaban ya muy adelantadas.

Un edificio en peligro de ruina

El hasta hace poco archivero municipal José Luis Molins, en su documentado libro sobre la casa consistorial, recoge noticias de distintas fechas en los siglos XVI y XVII, que indican que su estado de conservación era deficiente, hasta el punto de que en 1641 hubo que apuntalar el edificio, tarea que corrió a cargo de un carpintero apellidado Oyarzun. Un siglo después, el deterioro era ya tan acusado que los peritos empezaron a hablar de peligro de ruina. En 1751 se encargó a los maestros de obras Fernando de Múzquiz y Manuel de Olóriz un proyecto de reforma interior, por si con ello bastara para mantenerlo en las debidas condiciones. Ese mismo año se acordó que le hiciese un reconocimiento el coronel de ingenieros don Jerónimo Marqueli, quien a resultas del mismo informó que amenazaba ruina en algunas partes y necesitaba urgentemente una gran reparación. En vista de ello, y de que las obras podían durar bastante tiempo, los regidores pasaron a estudiar distintas opciones para trasladar provisionalmente la sala de sesiones, el archivo y demás oficinas municipales, teniendo en cuenta que en esa época no había en la ciudad muchas casas capaces de albergarlas en las debidas condiciones. Al final, se optó por la casa llamada del Condestable, al inicio de la Calle Mayor, donde hasta unos años antes habían residido los obispos y que pertenecía entonces al duque de Alba, como conde de Lerín. El propietario accedió amablemente a la solicitud que le dirigió el Regimiento, de suerte que en abril de 1752 se pudo efectuar el traslado a la sede provisional, cosa que se hizo con todo el ceremonial que el caso requería.

En cuanto al estado de la vieja casa consistorial, antes de tomar una resolución definitiva al respecto, tras varias y sesudas deliberaciones, los regidores encargaron en 1753 un nuevo reconocimiento a los dos maestros antes citados, los cuales esta vez fueron más tajantes en su dictamen. En él decían que, a la vista del estado de los suelos y de la estructura, opinaban que “cuando menos se piense puede arruinarse y caerse todo el edificio y causar graves daños a las casas vecinas”. En cuanto a las fachadas, la posterior y las dos laterales se encontraban “muy desplomadas para afuera”; solamente la principal se hallaba en las debidas condiciones y sin peligro de ruina, ya que la piedra era “de muy buen lustre y calidad”. Visto lo cual, en la sesión del 14 de mayo de ese mismo año, el Ayuntamiento –entonces se decía el Regimiento acordó derribar el edificio y levantar en su lugar otro de nueva planta.

Reedificada a mediados del siglo XVIII

Una vez decidida la reedificación, los munícipes encargaron el correspondiente proyecto al maestro de obras pamplonés Juan Miguel de Goyeneta, uno de los más acreditados que había entonces en su oficio. La contrata, que incluía la traza del frontis, se formalizó ante escribano el 31 de agosto de 1753. Un mes antes se había calculado para la obra un presupuesto de 186.612 reales. Inmediatamente empezaron las obras.

Pero en marzo de 1755, cuando iban muy adelantadas, y a pesar del compromiso adquirido con Goyeneta, el ayuntamiento volvió a plantearse el diseño que él había hecho de la fachada, que por lo visto no les terminaba de convencer. Tanto es así que –según anota Molins- decidieron recuperar del expediente otro proyecto que había presentado anteriormente don José de Zay Lorda, arquitecto y sacerdote pamplonés, a la sazón residente en Bilbao, cuyo alzado, con elegantes columnas pareadas, les parecía “de mayor garbo, lucimiento y esplendor”. Examinado por varios expertos, lo juzgaron también “de más gala y magnificencia que el que se tenía escriturado”; bien es cierto que su coste superaba al otro en 24.000 reales; pero cuando hay, como se dice ahora, voluntad política, el dinero no suele ser problema. Y de hecho, en esta ocasión no lo fue: en la sesión del 15 de marzo se hizo definitiva la elección del segundo proyecto, que en la documentación de entonces se le cita como “el de columnas”. Es fácil de imaginar el enfado que se debió de agarrar el bueno de Goyeneta.

Mientras tanto, las obras del resto del edificio seguían adelante, a cargo de los contratistas Múzquiz y Olóriz. En mayo de 1755 surgieron algunos problemas con las bóvedas del sótano. Las cosas se complicaron; en octubre del año siguiente el ayuntamiento les rescindió el contrato y el asunto acabó en los tribunales, algo que ocurría bastante a menudo. En agosto de 1756 se acordó que viniese de Tudela el maestro albañil José Marzal, al cual se le encargó la traza de la escalera principal, incluida la bóveda con su media naranja y su linterna, por la que se le libraron 80 pesos.

En abril de 1756 la fachada estaba edificada en tres de sus cuatro cuerpos, a falta del ático, para el que Goyeneta presentó dos proyectos diferentes. A la vista de ellos, los regidores acordaron que los examinasen los maestros de obras Juan Lorenzo Catalán, Pedro Aizpún y Fernando Díaz de Jáuregui y el maestro albañil Martín de Lasorda. Y ocurrió algo imprevisto, que fue que uno de los examinadores, Juan Lorenzo Catalán, se animó a presentar su propio proyecto. Y tuvo la suerte de que, con alguna modificación de detalle, fue aprobado por el Regimiento con fecha 10 de mayo y es el que se ejecutó y hoy podemos contemplar. La alegoría de la Fama que corona su frontón triangular, con los leones tenantes que sujetan los escudos de Pamplona y Navarra y las dos figuras de Hércules que lo flanquean, así como las dos estatuas alegóricas de la Prudencia y la Justicia –las virtudes del buen gobierno- sitas a ambos lados de la puerta principal, se encargaron al escultor José Jiménez. Una vez examinadas por los peritos en noviembre de 1759, se le pagaron por ellas 9.000 reales. La espada que tiene en su mano la Justicia, que la forjó el espadero Francisco González, costó 8 reales más. Y por dorar el clarín que porta la alegoría de la Fama que corona el ático se pagaron otros 80.

La rejería y labores de forja de ventanas y balcones, además de la cerrajería, corrió a cargo de Salvador de Ribas, que cobró 34.000 reales. En octubre de 1758 se efectuó la peritación de los trabajos de carpintería, ejecutados por Francisco de Olóriz y Baltasar Marticorena, con lo cual se procedió a la colocación de puertas y ventanas en las distintas salas y dependencias. En enero de 1759 los comisionados para supervisar las obras elaboraron una relación conteniendo una serie de trabajos complementarios que se consideraban precisos para dar por terminado el edificio, y cuya ejecución duró un año más. Quedó pendiente algún detalle, como el reloj de la fachada, que lo hizo el ya citado Salvador de Ribas, pero que no se instalaría hasta catorce años después.

Por fin, con las obras ya felizmente finalizadas, llegó el momento de abandonar la sede provisional que se venía ocupando desde hacía ocho años. El 26 de enero de 1760 se acordó el traslado de la corporación y de los servicios municipales a la nueva casa, “y que las argollas o picotas se pongan en el segundo suelo del frontis principal, en los dos costados del balcón donde tañen los clarines, para ejecutar las penas que de esta calidad se impusieren”. Lo que quiere decir que en esa fecha aún se seguían aplicando castigos infamantes. Tres días más tarde el ayuntamiento pudo celebrar su primera sesión en la nueva casa. Unos meses después, el día 4 de junio, tuvo lugar la solemne bendición, oficiada por el obispo don Gaspar de Miranda y Argaiz

Noticias del siglo XIX

Pascual Madoz, en su Diccionario geográficoestadístico- histórico de España y sus posesiones de Ultramar, después de afirmar que el edificio responde a “una arquitectura de mal gusto”, describe algunas de sus dependencias, tal como estaban en 1849: “En el primer piso están la secretaría y salones de juntas; por frente de la escalera se entra a un gran salón adornado con extraordinario lujo; tiene una inmensa mesa con escribanía de plata y sobre ella hay un dosel, también de damasco encarnado, bajo el cual se ve el retrato de la reina, pintado y regalado al ayuntamiento por Mariano Sanz en agosto de 1848. La hermosa sillería, los espejos, el precioso reloj, las magníficas arañas, arandelas y candelabros de cristal y bronce que adornan las mesas y paredes, dan un suntuoso y esplendente aspecto a este salón. El otro, en la parte opuesta, aunque más modesto, presenta también cosas notables, además de la gran mesa y dosel carmesí que se ostentan en el testero de la sala; campean en la pared los retratos de los reyes de Navarra desde su unión con Castilla. En el segundo piso está el archivo y la habitación del secretario”. Por su parte, Pedro de Madrazo, en su conocida obra Navarra y Logroño, publicada en 1886, describe la fachada del edificio en estos términos: “Presenta una fachada de tres cuerpos, el de abajo dórico, jónico el principal y el segundo corintio, con terrado y ático muy pesado encima, de muy saliente frontón, coronado con esculturas que representan una Fama de vulgarísimas formas, con escudos a los lados entre las zarpas de sendos leones tenantes, que más parecen perros que leones, y campanas de reloj. El terrado presenta una fea balaustrada con enormes volutas en sus extremidades, destinadas a soportar dos acroteras que sirven de pedestales a dos Hércules con la clava al hombro. Las columnas de cada cuerpo están pareadas y lleva cada par su entablamento de arquitrabe, friso y cornisa. Son cuatro parejas en cada cuerpo, y de consiguiente tres en cada piso los vanos. En el piso bajo, el grande arco de entrada al vestíbulo tiene entre sus columnas flanqueantes estatuas barrocas, y en su archivolta y enjutas adornos de mal gusto. Los vanos en los cuerpos principal y segundo están contorneados de follaje y cartelas de pésima forma”. Por lo que se ve, los eruditos del siglo XIX, despreciaban olímpicamente la arquitectura barroca del XVIII.

Construcción de la actual Casa Consistorial

Dos siglos más tarde, en torno al año 1950, nadie en Pamplona dudaba ya que el edificio levantado a mediados del siglo XVIII resultaba insuficiente para albergar las numerosas oficinas municipales y que además, por la anticuada distribución de sus salas resultaba poco funcional. La ciudad había crecido mucho, sobre todo en los últimos cincuenta años, y las dependencias destinadas a atender al público seguían siendo las mismas que en 1800, con pocas modificaciones. Se barajaron dos posibilidades: reforma y ampliación, o bien demolición y reconstrucción total. Incluso se habló –el año pasado lo recordábamos en esta misma revista– de recrear en este lugar una plaza mayor al estilo de las que se hacían en España entre los siglos XVI y XIX. La polémica estaba en la calle y no quiso ser ajeno a ella aquel gran pamplonés que fue Angel María Pascual, quien en una de sus incomparables Glosas a la ciudad –la del 15 de febrero de 1947– escribió este párrafo: “…El edificio del ayuntamiento debe ampliarse, pero no tragarse las casas del entorno. Porque su mayor encanto está en su contraste de casa gremial, de mueble barroco, de tallado reloj de pared, en medio de las fachadas deliciosamente vulgares de esas tiendas bajitas con olor de recatada artesanía”.

Tras largas deliberaciones, los munícipes –como habían hecho sus antecesores doscientos años atrás– decidieron la demolición del antiguo y noble caserón de 1760, del que solamente se respetó la fachada. Con ello se perdió para siempre el más importante de los edificios civiles barrocos de la ciudad. En su lugar se levantó uno más amplio de nueva planta, cuyo proyecto se encargó al arquitecto José María Yárnoz Orcoyen, fallecido en junio del pasado año 2011. El 4 de noviembre de 1951 el entonces alcalde Miguel Gortari Errea cerró simbólicamente el viejo portón e inmediatamente dieron comienzo los trabajos de derribo, a los que siguieron los de reconstrucción. Durante los dos años que duraron las obras, las dependencias se trasladaron provisionalmente al edificio que entonces ocupaba la Escuela de Artes y Oficios, en la calle Estella, esquina con la plaza del Vínculo. Hasta que el 9 de noviembre de 1953, con todo el ceremonial de las grandes solemnidades, el nuevo alcalde, Javier Pueyo Bonet, procedió a la apertura de la puerta de la nueva Casa Consistorial.

El interior del edificio, de líneas clásicas a pesar de su relativa modernidad, conserva valiosas obras de arte y diversas piezas de interés histórico procedentes del antiguo ayuntamiento, entre las que cabe señalar el monumental escudo tallado y policromado de las armas reales de la Casa de Borbón, de 1735 y procedente del Real Consejo, que preside el zaguán; la galería de retratos reales que decora la escalera principal, obra del cascantino Diego Díaz del Valle en 1797; el martirio de San Fermín, magnífica pintura de 1687 del madrileño Jiménez Donoso; los retratos de Sarasate, Gayarre y Eslava, de Salustiano Asenjo; el del rey Carlos III el Noble, pintado por Enrique Zubiri en 1923; el precioso Calvario de marfil del salón de plenos, y muchas otras obras de pintura, tallas, vidrieras y orfebrería, algunas de las cuales aparecen descritas de forma más detallada en el Catálogo Monumental de Navarra