Espíritu Navideño

Premio III Certamen literario ‘Heraldo de los Reyes Magos’
de Cuentos de Navidad 2013

Accesit: Carlos Eslava
Espíritu Navideño

-Mami, ¿el espíritu navideño es un espíritu? -pregunta Juan.

-¿Dónde has oído eso, cariño? -pregunta distraídamente su madre, mientras coloca en la estantería los peluches dispersos por la habitación.

-Lo dicen en la tele, en el anuncio de la Lotería. Dicen que él espíritu de la Navidad hace que todo sea posible… -canturrea Juanito.

Ana frunce el ceño.

-El espíritu navideño no es una persona, Juan -explica pacientemente.

-¡Pues claro! Si es un espíritu… ¡Será como todos los espíritus! Una persona que baja del cielo y que no se puede tocar.

-Pero, ¿quién te ha dicho eso? -pregunta Ana, divertida.

-La abuela -contesta él, muy serio-. Dice que bajan a veces, cuando tienen algo importante que decir.

Bonita definición, piensa Ana, irónica. Y visualiza a su madre poniendo velas en el retrato de la difunta Tía Emi, mientras pronuncia una serie de conjuros ininteligibles para invocar a su hermana. Definitivamente, no ha heredado la afición de su familia por comunicarse con los muertos.

-Entonces, ¿qué es el espíritu de la Navidad? -insiste Juan.

-A ver, Juanito, es que no es ni una persona ni un espíritu, es… un sentimiento, ¿entiendes, cariño? A ver, cuando pones el belén, cuándo decoramos el árbol, cuándo vienen tíos a cenar en Nochebuena, cuándo vamos a la Misa de Navidad y después a casa de la abuela y nos ponemos morados de cordero, cuándo te subes a la carroza de los Reyes… estás contento, ¿a qué sí?-¡Pues claro!, contesta él, dando un bote en el colchón,

-iAjá! Pues ése es el espíritu navideño -afirma Ana. Y sonríe, satisfecha.

Tapa a Juan con el edredón y le da un beso de despedida en la frente.

-Y ahora, a dormir, ¿eh?

-¡Pues yo creo que sí es un espíritu! Si no, se llamaría sentimiento navideño ¿no? -pregunta, incorporándose de nuevo.

Ana se rinde.

-¡Ay, hijo! ¡Me vas a quitar la vida tú a mí! -sonríe, revolviéndole el pelo.

Y suspira. Tenía 17 años cuando tuvo a Juanito. Asumir su embarazo fue una de las pruebas más difíciles de su vida. Cuando supo que estaba encinta, sintió que su mundo se deshacía. Se sentía incapaz de hacerse cargo de un bebé. Sin embargo, las dudas se disiparon en cuanto vio por primera vez a aquella criatura indefensa. En ese instante, supo que aquel ser era lo que más quería en el mundo. Sacrificó sus estudios, comenzó a trabajar de camarera y, con la ayuda de sus padres, consiguió mantener a su pequeña familia. Su mayor triunfo era ver que Juanito era un niño feliz y sano, a quien no le faltaba de nada.

-Buenas noches, cariño s e despide Ana, besándolo en la frente.

Cuando se dispone a cerrar la puerta, Juan comenta para sí mismo, en medio de un bostezo:

-Papá también es un espíritu.Ana se da la vuelta, sobresaltada.

-¿Papá? -Ana traga saliva-. ¿Por qué hablas de papá, cariño? -pregunta, procurando que su tono suene desprovisto de alarma.

-Porque también está en el cielo, pero baja porque tiene cosas que decirme -contesta el niño con naturalidad.

Los ojos de Ana se salen de las órbitas y siente que se queda sin sangre. Se sienta en el borde de la cama.

-Mi vida, ¿por qué dices que baja a visitarte?

-Porque viene a veme los martes y los jueves, mientras entreno.

Ana comienza a temblar y una nube muy espesa se adueña de su cerebro. A pesar de que sabe de antemano la respuesta, alcanza a preguntar a su hijo:

-¿Estás seguro de que ese hombre te ha dicho que es tu papá?

-¡Pues claro! -responde el niño-. Como él dice, tengo sus ojos -afirma mirando fijamente a su madre. Ana traga saliva. Desde luego, es cierto que los ojos azules de Juanito, únicos en su familia, son una clara prueba de que el niño es hijo de su padre.

-¿Y cómo es? -continúa preguntando Ana, quien siente su cuerpo cada vez más y más blando.

Juanito describe a Rubén con todo lujo de detalles. No cabe duda. Es él. Ana siente que le falta el aire.

-¿Cuándo le viste por primera vez? -inquiere con un hilo de voz.-Desde que empecé a jugar con el equipo -responde él, con tranquilidad. «Un año viéndole sin que yo lo sepa», calcula Ana. «Este impresentable me va a oír…», se jura a sí misma. Y hace un esfuerzo por calmarse.

-¿Y qué te dice… papá? -Pronuncia esa última palabra como si masticase tierra.

-Me pregunta si estoy contento en el cole, qué me gusta hacer… y me dice que le cuente qué he aprendido en clase.

Ana palidece.

-Dime, Juanito ¿Y a ti te gusta que te vaya a ver tu padre?

-¡Pues claro! -asiente-. Pero ni le toco ni dejo que me toque, porque tengo miedo de que desaparezca -confiesa, con semblante triste.

-Claro, claro -susurra Ana, quien comienza a sentirse indispuesta.

Nota cómo se apodera de ella una furia animal paralela a un sentimiento de culpabilidad que le oprime el pecho. Acuden a su mente las constantes súplicas de Rubén durante los dos últimos años. «Si te desentendiste en su momento, ahora ya es demasiado tarde. Tú hijo no te necesita». Esa era su respuesta. Se convencía de que lo hacía por el bien de su pequeño, pero no podía evitar el dolor adherido a aquellas palabras. Ahora, después de este zarpazo, no sabe que pensar… Es imposible volver atrás, se dice con tristeza. Rubén ya conoce a Juanito… ¿Cómo voy a oponerme?

-¡Mamá! ¿Qué te pasa? -Juanito la sacude por los hombros.

-Nada, hijo, sólo estaba pensando… ¿Por qué no me habías comentado antes lo de… papá, cariño?-Porque… era un secreto -musita, bajando la cabeza.

-No pasa nada, cielo, no lo contaré -acierta a decir Ana, forzando una sonrisa.

-iMami! ¡Ya sé que quiero de regalo de Navidad!

Ana se queda rígida.

-¡Quiero que papá pase la Navidad con nosotros! Ya se lo pedí y me dijo que no podía ser, que eso no dependía de él… Así que se lo voy a pedir a los Reyes.

Ana siente que se va a desmayar. No pensó que Rubén le reclamaría nunca… Pero, ¿por qué narices le dijo al niño que estaba en el cielo? Aunque, por otro lado, ¿cómo decirle a su hijo que su padre no quería saber nada de él? Se maldice con rabia.

De repente, revive el momento en que le anunció a Rubén su embarazo. Apenas se conocían, piensa con amargura. Habían coincidido varias veces en el barrio. Sólo habían estado una noche juntos. Un tonteo de discoteca. Después de unos minutos eternos, él le pidió que no tuviera el niño. Recuerda cómo le invadió una oleada de pánico, idéntica a la que le sobrevino cuando vio las dos rayitas del predictor. No obstante, no concebía la idea de deshacerse de su hijo. Él se lo dijo bien claro, mientras se retorcía las manos. «Lo siento, pero yo no tengo nada que ver con esto». «Muy bien», le espetó ella, furiosamente.

No volvieron a tener contacto. Lo último que supo de él es que se había mudado a otra ciudad. Pero claro, de eso habían pasado varios años, cuando era un adolescente. Ahora tenía 27 años y Juanito iba a hacer pronto la comunión.

-Muy bien, se lo pediremos a los Reyes, entonces. Ahora, ¡a dormir! -Ana recompone el gesto. Juanito cae por fin sobre la almohada, con una sonrisa en el rostro.Días después, mientras juega a la pelota en la habitación, oye a su madre hablar por teléfono. Su voz suena entrecortada. «Rubén, tengo algo que pedirte». Ana se sobresalta al oír un ruido y baja la voz. Juanito agarra la pelota y se queda quieto. Antes de colgar, alcanza a escuchar a su madre: «Pues claro que podrás tocarle. Te espero el 24 a las nueve, en mi casa».