El extraño personaje

Premio III Certamen literario ‘Heraldo de los Reyes Magos’
de Cuentos de Navidad 2013

Primer premio: Ángel Unzu Munárriz
El extraño personaje

Abrí la puerta mientras intentaba sujetar el paraguas, el bolso y las bolsas repletas de regalos. Estas últimas las escondí tras el mueble de la sala de espera. No es muy profesional que un paciente vea que llegas tarde a su cita por ir a hacer compras.

Detrás de su mesa y su teléfono, Marta me lanzaba una mirada tensa.

– Lo sé – Contesté -. Pero ya sabes cómo son estos días con el tráfico y la gente en la calle.

– No lleva mucho esperando, pero está bastante nervioso.

-Será algo de estrés, típico en estas fechas

-No lo creas. Es un personaje algo extraño. Lleva un traje muy raro y dice cosas sin sentido.

-¿Qué te ha dicho?

-Algo de una lanzadera de estrellas. Creo que podría ser esquizofrenia.

Me quité el abrigo y me dirigía la puerta de mi consulta.

-Oye, que aquí los diagnósticos los hago yo.

Sobre la butaca, esperaba un hombre joven, aunque hubiera sido difícil calcular su edad. Tenía una piel rosácea y sus rizos dorados caían sobre su frente. Su mirada perdida contrastaba con sus manos, cuyos dedos no paraban de enredarse. Pero lo que llamaba la atención era la túnica blanca que llevaba.

– Buenas tardes, soy la doctora Rodríguez, lamento el retraso.

Me senté y le tendí la mano. Cuando me la estrechó, sentí que su palma me quemaba. La agité pero me la agarraba con tanta fuerza que tuve que resistirme.

-Encantado, yo soy Gabriel.

Intenté concentrarme en mi paciente mientras sacudía la mano escondiéndola tras la silla.

– Está bien, Gabriel… Dígame… ¿Por qué ha decidido acudir al psicólogo?

– Me lo recomendaron. Todos los años, por estas fechas, estoy sometido a mucha presión y temo por mi salud.

«Lo sabía», pensé. «Sólo es estrés, así de sencillo.»- Es normal, el trabajo aumenta para muchos durante la Navidad y es una época decisiva para muchos negocios. Dígame, Gabriel, ¿a qué se dedica?

-Soy ángel.

-Perdón, le había entendido mal. A ver, Ángel, ¿a qué se dedica?

-Soy ángel.

-Sí, ya le he oído, Ángel. Ahora dígame, ¿cuál es su profesión?

-Se lo acabo de decir.

El dolor de la mano desapareció.

-¿Cómo ha dicho?

-Le he dicho que soy ángel.

Me quedé en silencio, reflexionando sobre el sentido que debía dar a esas palabras. Aquel tipo me miró como si los papeles se hubieran cambiado y, ahora, la loca fuera yo.

– ¿Me está diciendo que usted es un ángel?- Es lo que le he estado repitiendo hasta ahora.

– ¿Un ángel del cielo?

– Sí, claro. ¿De dónde cree que vienen los ángeles?

Torció la cabeza y me lanzó una mirada de desconfianza.

– Bueno… – continué – . En realidad, no sé a qué se dedica un ángel.

– Eso depende. Yo soy el organizador del nacimiento del Mesías.

– Perdone, pero le voy a hacer una pregunta médica. ¿Está bajo algún tratamiento o toma alguna medicación?

– ¿Pero qué está insinuando? ¿Qué estoy loco? – El «ángel» se alteró -. Mire, he venido porque estoy muy nervioso y temo que esto pueda afectar a mi trabajo, que es de máxima responsabilidad. Y si vengo estresado y usted me estresa más, ¡menudo negocio estoy haciendo!

Volvió a clavarme otra de sus miradas: nunca directas del todo, entre temerosas y acusadoras. Y continuó.- O menudo negocio está haciendo usted, que me cobra por empeorar mi problema.

Me ausenté diciéndole que prepararía un par de tazas de té para relajarnos. Mientras, pensaba que, entre todos los mis pacientes, nunca había tenido a un personaje como este. Traté de consolarme diciéndome que, tal y como él me había dicho y yo había pensado en un principio, sólo era estrés debido al trabajo.

De nuevo en la consulta, tendí al ángel su taza.

– Veamos, Gabriel, explíqueme en qué consiste su trabajo. Ha dicho que es de mucha responsabilidad.

– Así es. Comienzo con la anunciación a María. Le hago una visita y le digo que ha sido la elegida para dar a luz a Jesús. No suele ser difícil convencerla. Luego, firmamos el contrato y me despido de ella.

– ¿Firmáis un contrato? – exclamé.

– Si, es lo lógico. No podemos permitir que trabaje sin Seguridad Social ni nada.

Volví a quedarme inmóvil e intenté asentir con los músculos de mi cara paralizados, como un robot.- Continúe, por favor.

– Pero estos días son los peores. Debo acompañar a María y su marido, José, a Belén. Tengo que buscarles un alojamiento, convocar al resto de ángeles para que lo anuncien a los vecinos del pueblo y puedan venir a verle… También debo coordinar la llegada de los pastores, lanzar la lluvia de estrellas, recibir a los reyes … y no doy abasto. Y, así, año tras año.

– Ya… sí… es mucho trabajo. Mi secretaria me ha comentado algo de una lanzadera de estrellas.

– ¡La lanzadera! ¡Ese trasto nunca ha funcionado pero se niegan a cambiarlo!

– ¿Para qué sirve una lanzadera de esas?

– Para crear una lluvia de estrellas en dirección a Belén y que, así, todos los reyes del mundo sepan dónde ha nacido Jesús.

– ¿Pero eso no se lo indica una estrella fugaz?

El ángel se incorporó del sillón y alzó las manos, haciendo que su túnica volara.- ¿Con una sola estrella? – gritó -. ¡Nadie se entera! La lanzadera funciona tan mal que sólo puede lanzar una.

– Pero cumple su misión.- Respondí para tranquilizarles. – Los tres Reyes Magos siempre acuden.

-¡Sólo tres reyes! – Se levantó y empezó a deambular por la habitación -. Tendrían que venir muchos más, de todos los países, pero sólo tres logran ver la estrella. Y, a pesar de ello, se pierden por el camino y no logran encontrar el portal. Se despistan y acaban en el castillo de Herodes.

-¿Y cuál es el problema?

-¡Es una tragedia! ¡Van a Herodes y preguntan por el rey de los judíos! ¿A quién se le ocurre? Entonces, Herodes se enfada, decide perseguir a todos los niños y a mi me toca organizar una huida por el desierto.

-Le entiendo. Pero son pequeños problemas que se presentan.

-No me entiende. Todo acaba saliendo mal. No hay manera de encontrar sitio en ninguna posada, así que la familia debe alojarse en una cuadra. ¿Sabe la bronca que me llega de arriba por eso?-Yo creía que el hecho de que Jesús naciera en un portal era una muestra de humildad.

-¡Es un error de previsión! Y, después, empiezan a llegar los pastores y no hay forma de que guarden una fila en condiciones. Los regalos se amontonan y algunos vecinos se quejan por el ruido. ¿Pero qué más puedo hacer yo?

-Por favor, Gabriel, siéntese -Logré que se tranquilizara mientras yo iba asimilando todo lo que había oído. Recordé el Belén que, de niña, ponía siempre en la chimenea: el portal, los pastores, los tres reyes acercándose al final del camino, el ángel, la estrella… ¿Era posible que todas las historias que siempre había oído acerca de la Navidad fueran el error de aquella extraña persona? – . Gabriel, escúchame. Vives muy agobiado con un trabajo que creo que no te motiva. ¿Crees que vale la pena seguir con él? ¿Te compensa todo esto?

El ángel se ausentó sumergiéndose en sus propios pensamientos. Seguramente pensaba en los pocos ratos de tranquilidad en las afueras de aquel pueblo que para mí siempre había tenido campos de musgo, casitas de corcho y un cielo de papel de celofán. El ángel esperaría esos momentos en los que poder acercarse a ese niño que yo siempre había visto inmóvil en un pesebre, pero cuya mirada y sonrisa él conocía muy bien, pues la recibía año tras año.

– Claro que vale la pena. – Me susurró sin interrumpir su momento de ensoñación. – Todas las veces que haga falta.