Daños colaterales

Premio III Certamen literario ‘Heraldo de los Reyes Magos’
de Cuentos de Navidad 2013

Accésit: Sara Nahum
Daños colaterales

Odiaba a las Barbies. Tan perfectas, tan altas, tan delgadas, tan rubias… pensaba en sus largas piernas mientras se metía otro trozo de turrón en la boca. ¿A quién se le había ocurrido la genial idea de colocar tan cerca la bandeja? Había perdido la cuenta de los dulces que se había comido esa noche. El resto de las chicas dormía. Estaba claro que si Anuska estuviera despierta habría respetado el régimen a rajatabla. ¿Qué demonios significaba a rajatabla? Se lo preguntaría mañana a Valentina.

Olga era un juguete artesanal. Como todas sus compañeras había nacido en Rusia. Un maestro carpintero las había moldeado y pintado a mano. Una a una. Se sentía especial. Por eso, y porque era la única del juego que no se desmontaba. La más pequeña de todas la Matrioskas, la única que conseguía un “Ohhhh” cuando aparecía después de Ninoska. La favorita de los niños. Le gustaba la Navidad. Llevaba mucho tiempo disfrutándola desde un lugar privilegiado: la estantería del salón de los abuelos. Bueno, abuelos ahora. Cuando ella los conoció eran una pareja de recién casados que entre los muchos regalos de la Luna de Miel se llevaron en la maleta un juego de Matrioskas. Y así, colocadas en fila, habían visto pasar la vida de toda la familia. De todas las noches, le parecía especialmente mágica ésa, la de Nochevieja. El ver a la familia atragantándose de la risa con las uvas, brindando por el año nuevo con cientos de propósitos e ilusiones puestos en él, el pase de disfraces de los nietos mayores, cada año más originales, más divertidos… y las mismas frases de la abuela: “Vais a pasar frío”, “¿salir a estas horas? Yo ni aunque me paguen”… y la decadente gala de televisión y los primeros bostezos y ese momento de soledad frente a la bandeja de turrón que ahora disfrutaba. A su alrededor, el Belén con aquellas figuritas tan simpáticas a las que conocía bien, el árbol con sus adornos y las cajas con libros que llenaban el salón. ¡Las cajas! Por un momento había olvidado que sería la última Navidad en aquella casa. En un par de días abandonarían el que había sido su hogar durante tantos años. Siempre supo que los abuelos volverían al pueblo. Les había oído soñar en alto cientos de veces. Ese momento había llegado Olga recordó su primer día allí, la agitación de las chicas en la maleta, los nervios de no saber cuál iba a ser su lugar y tantas y tantas tardes jugando con los niños… y así, con una sonrisa, se fue quedando poco a poco dormida.

Le despertaron los gritos de Anuska al ver la bandeja del turrón vacía. Eso, y un terrible dolor de tripa.

– Como ya sabéis, en un par de días nos mudamos de casa, escuchó decir a Irina. Ya han empezado a meter todo en cajas y nos llegará pronto el turno. Ya no recuerdo la última vez que jugaron con nosotras así que chicas, esta noche, cuando todos duerman, nos reuniremos para ensayar la formación.

Llegó la noche y de nuevo se encontraron a Olga rodeada de papeles de polvorones vacíos. Comiéndose una última peladilla saltó confiada para introducirse, como tantas otras veces, en Ninoska pero… Oh, Oh… No hubo manera. Intentaron meterla a presión, a rosca y del revés, pero ninguna de las ideas funcionó.

– ¡Los turrones!, gritaba Anuska

– ¡Me haces daño!, se quejaba Ninoska

– ¡Lo siento! Las barbies…- balbuceaba Olga, – ¡Sabéis que me vuelve loca el Suchard! Nunca en casa de los Arditti hubo una crisis como aquella.

Pidieron consejo a Melchor que ya se encontraba cerca del portal de Belén, al pastor, a la frutera del pueblo y hasta al mismísimo San José, por esto de que era carpintero, pero poco pudieron hacer. Olga mientras tanto hacia abdominales como una loca y corría alrededor del río.

– Yo hice la dieta Dunkan y me fue fenomenal, le dijo la lavandera.

– Es mejor la Montignac que te deja comer chocolate, añadió la panadera.

– ¡No hay tiempo de dietas!, gritaba desesperada Irina caminando nerviosa a un lado y a otro de la estantería. Nadie querrá unas Matrioskas que no encajan…

– ¡Nos tirarán a la basura!, se lamentaba Anuska.

Faltó esto para que se desatara la locura. Todas las muñecas rusas gritaban nerviosas, se abrazaban unas a otras, lloraban desesperadas…

Y entre todas las voces se alzó la de Valentina.

– Estuvimos juntas cuando a Katiuska se le desconchó la pintura, cuando la parte de abajo de Misha desapareció durante días y cuando Natasha se enamoró del pescador del Belén y se lo quitó la lavandera. Y de todas esas ocasiones conseguimos salir porque nos apoyamos las unas en las otras. Esto no va a ser diferente. Si Olga no puede adelgazar sólo queda una solución. Traed todos los turrones, mantecados y pastas que encontréis por casa. Espero que tengáis hambre, amigas, ésta va a ser una larga noche…