Crecer entre montañas

Premio V Certamen literario ‘Heraldo de los Reyes Magos’
de Cuentos de Navidad 2015

Primer premio: Pablo Laporte Miqueléiz
“Crecer entre montañas”

–¿Qué tal mi Nochebuena? Te puedo contar dos versiones, la corta o la larga. La corta es muy corta: bien. O incluso: muy bien.

–Y ¿la larga?

–La larga sería más bien algo así: bien o incluso muy bien, pero accidentada. Y luego está la versión detallada.

–Me decanto por la detallada.

–¿Seguro?

–Claro, hombre, cuéntame. Pido otras dos. ¿Nos pones dos más, por favor?

–Día 24, ocho de la tarde. Habíamos llegado a Pamplona de Madrid un día antes y estamos tomando algo por lo viejo con la familia. Con mi mujer, hijos, hermanos, sobrinos, cuñadas y amigos. Ya a punto de recoger e ir a cenar a casa de mi cuñada cuando viene Jonás, mi hijo el mediano, y me saca del bar. Tiene que decirme algo.

–¿Cuántos años tiene ya, Jonás?

–Jonás tiene ya diecinueve. Acaba de empezar ingeniería de caminos.

–Y ¿le gusta?

–Sí, está encantado. Ya verás, va a ir a curso por año.

–Bueno, sigue.

–Sigo. Me saca del bar y me dice que ha estado en Ochagavía. Pero me lo dice por lo bajini, mirando al suelo. Yo le miro con cara de policía, porque algo ha hecho mal, algo le genera un runrún. Me cuenta que quedó con sus amigos, con los de la infancia o los de la adolescencia. En fin los del colegio de toda la vida, de antes de que nos fuéramos a Madrid.

–¿Cuánto hace de eso?

–En febrero hará ya cuatro años.

–Total, que se ha ido con sus amigos a Ochagavía.

–Sí. Ya sabes que yo me crié ahí, que mi familia es de ahí, y que aún mantenemos la casa familiar, aunque mi madre hace ya diez años que murió.

–¿No la queréis vender?

–Yo sí, la verdad. Prefiero billetes que ladrillos. Pero a veces la usan. Mi hermano, el mayor, trabaja mucho por los pueblos del norte y de vez en cuando pasa la noche ahí. Y cuando hace bueno a veces van todos a comer o a pasar el fin de semana. De todas formas, vender esa mole, con la que está cayendo, tela. Y luego está todo eso de los recuerdos, la nostalgia…

–Claro, es una reliquia familiar.

–Construida en 1898, y está prácticamente intacta. Así que imagínate. En fin, que me dice Jonás que se ha ido a pasar el día por ahí con sus amigos y que han estado en la casa. Y después de mucha duda, mucho titubeo, me cuenta que cree, que está casi seguro de que se han dejado las placas de la cocina encendidas. Y yo le pregunto: ¿y para qué andáis tocando las placas de la cocina? Y el niño mira otra vez al suelo.

–Adivino, iba a ir a la cena de Nochebuena ya cenado.

–No hombre, no. Son placas de gas, de estas antiguas que se encienden con una chispa. Unas placas que tienen más años que tú y que yo. Me la ha intentado dar con queso, diciendo que si era para calentarse y demás. Era para encenderse los porritos, como si lo viera.

–Ah, que tu hijo…

–No, mi hijo es más bueno que el pan. Sus amigos de aquí son un poco más vivalavida, pero en fin, les ve dos veces al año, Navidad y San Fermín. Pero el caso, que me dice que está casi seguro de que no ha apagado las placas. Ha llamado a sus amigos pero ellos no saben nada. Pues llámales otra vez, le digo, cogéis el coche y vais a comprobarlo. Pero claro, sus amigos están ya en sus casas a punto de sentarse a la mesa, y se han lavado las manos como Poncio Pilatos.

–Pues que hubiera ido él solito.

–Ya, pero aún no tiene el carné de conducir. Así que le miro y en ese momento no le meto un sopapo porque no lo he hecho en mi vida y no iba a ser la primera vez después de diecinueve años y en Nochebuena, pero créeme que ganas no me faltaron. Le suelto una moralina rápida y le digo que ya hablaremos, para asustarlo un poco. Entonces hago cálculos. Entre ida y vuelta, dos horas y media en coche. Son las ocho y pico, si me doy prisa puedo estar en casa a las once y si se lo toman con calma, llego para el sorbete y el turrón. Así que entro en el bar, le pido a mi hermano las llaves de la casa y le digo que ya le contaré. Se encoge de hombros y me las larga. Le explico rápidamente a María, mi mujer, y me voy para allá.

–¡Pero cómo te vas a esas horas! ¡Y en Nochebuena!

–Porque me conozco. Primero porque no me fío de unas placas tan viejas y no quiero que el pueblo vuele por los aires en Nochebuena, y segundo porque si no voy, la imagen de las placas encendidas me va a acosar cada cinco segundos durante toda la cena, toda la noche y todo el día siguiente, que teníamos comida con la familia de María. Y sé que a Jonás también, que para esas cosas ha salido a mí.

–Serías el amo de la carretera.

–Conduzco con prisa, y entre tú y yo, jurando sapos en voz alta contra el crío y sus amiguitos, pero conforme voy llegando y paso Ezcaroz, el pueblo de al lado, me van viniendo imágenes, recuerdos.

–¿Hacía mucho que no ibas?

–Por lo menos desde que nos fuimos a Madrid. Pero probablemente más. Ni idea, igual ocho años. Ni me acordaba de la última vez. No se me ha perdido allí gran cosa, la verdad.

–Tu infancia, nada menos.

–Por eso mismo. ¿Voy a encontrar mi infancia si vuelvo por ahí? No. Pues entonces. Ya sabes lo que dicen: Donde has sido feliz…

–… No debieras tratar de volver. Lo dice Sabina en alguna canción.

–Tate.

–Entonces llegas.

–Llego, abro, voy directo a la cocina y…

–Apagadas.

–Apagadísimas. Y ahí ya juro no sólo sapos, también culebras.

–No me extraña.

–Bah, si te soy sincero, en realidad me entró la risa. Me vi tan solo y tan ridículo, en esa casa, un 24 de diciembre a las nueve y media de la noche, que me entró un ataque de risa tonta y no pude parar en un buen rato. Me dije: así las cosas, mejor tomárselo con humor. Y hasta con calma. Porque de pronto ahí estaba, y con las prisas y el apuro no me había dado cuenta.

–¿De qué?

–De que había conducido a un lugar personal y cargado de cierta magia. Y aquello, la verdad, me pilló de sorpresa.

–Y ¿qué hiciste?

–Nada, no hice nada. Bueno, sí, me fumé un cigarro.

–¿No lo habías dejado?

–Sí, y lo he dejado. Pero abrí un cajón y encontré un cigarro en una cajetilla. Y me lo encendí. ¡Me lo encendí con las malditas placas de la cocina! Y antes de que hagas la broma, sí, las apagué. Y no he vuelto a fumar. Fue ese y ya. Me lo fumé paseando por la casa. En según qué estancias, el silencio, la quietud del sitio me ponía la piel de gallina, incluso un cierto nudo en el estómago. Me venían tantas imágenes… Me llamaba la atención que todos esos objetos, esos muebles, siguieran allí después de tantísimos años, intactos. Fíjate la de cosas que yo he hecho. Estudiar en Francia, vivir en Chile cinco años, una carrera profesional intensa, casarme, tres hijos, en fin, una vida, como la de cualquiera, llena de etapas y cambios. Y mientras todo eso pasaba, ya sé que suena a tontería, pero mientras, todo allí ha permanecido intacto. Como esa butaca en la que se sentaba mi padre después comer. Allí seguía, fiel a él y fiel a su función en este mundo, que es estar donde siempre ha estado, en ese rincón. Pensé que la relación entre la butaca y el lugar que ocupa, que un día fue cotidiana, era ahora ancestral, casi un altar, algo que alberga muchas más cosas. Como si por mover esa butaca de ahí, fuéramos a hacer algo más que mover una butaca. Perdona, que me desvío.

–No, no. Sigue. Te escucho atento.

–Nada. Eso pasó. Bueno, y algo más. No me atreví a entrar en mi habitación. Encendí la luz y me apoyé en el marco de la puerta, pero no entré. Vi mi cama, mi escritorio, mis libros, mis cachibaches, pero no me atreví a entrar. Como si hacerlo fuera un sacrilegio. Como si me estuviera colando en la intimidad de alguien, del niño que fui, tal vez. De alguna manera, sentí que debía respetar su espacio.

–Tiene sentido, supongo.

–También visité el comedor. Allí sí que entré, y me senté en la cabecera, donde se sentaba mi padre. La cabecera de una mesa enorme, como para veinte comensales, con sus candelabros y sus tapetes. Y no pude evitar acordarme de cuando celebrábamos las nochebuenas alrededor de esa mesa. Con todos mis tíos y primos, que éramos un pelotón de críos. Estuve allí unos minutos, en silencio absoluto en un lugar en el que años atrás, a esas horas, todo era puro jolgorio, humo, risas y villancicos.

–Triste, tal vez.

–No, no fue triste. Fue casi alegre, pensar que todos hemos hecho nuestras vidas, nos ha ido bien fuera del pueblo. Alegre, simplemente, porque las cosas han seguido su curso y estamos todos bien.

–Pero mientras, tu familia dejándote sin percebes.

–¡Claro! Me acordé y me dije que sí era el lugar pero no el momento para viajes al pasado. Cerré y salí.

–Bueno, pues no fue a mayores, la cosa.

–Espera, que no acaba ahí. Llego al coche y…

–Te lo han robado.

–No hombre, no. ¿Cómo van a robarme el coche en Nochebuena y en Ochagavía? No arrancaba. Le daba al contacto pero nada. El motor hizo un ruido, un suspiro, y ahí se quedó. La batería.

–¡Pero si funcionaba hacía un rato!

–Misterios de la ingeniería. Lo intenté varias veces, pero no hubo manera. Así que fui en busca de un coche y unas pinzas, pero claro, nadie por la calle, como te puedes imaginar. El pueblo estaba silencioso y muy pacífico. Había luces en algunas casas, pero no me atreví a llamar.

–¿No conocías a nadie?

–Precisamente. Pensé en la tata, la mujer que ayudó a mi madre a criarnos a mis hermanos y a mí. Bueno, ayudaba en eso y en todo. Era como su mano derecha, además de su mejor amiga. Vivió en nuestra casa quince años, hasta que se casó. Y allí fui a probar suerte.

–¿Suerte por si se había mudado?

–Suerte por si seguía viva. Y seguía. Noventagenaria, arrugada y chuchurrida, pero sana y salva.

–O sea, que la encontraste.

–Así es. Llamé a la puerta y me reconoció al instante. Nos habíamos visto en el funeral de mi madre por última vez, hace diez años. Como lloraba aquel día, la pobre. La que más de toda la iglesia. Nos tenía un cariño muy especial a todos nosotros. Siempre decía que fuimos su primera familia y que mis hermanos y yo fuimos casi como sus hijos.

–¿Ella no tuvo hijos?

–Sí, tuvo dos. El primero se fue a vivir a Brasil y el segundo le salió con una parálisis cerebral leve. Uno de estos que se quedan toda la vida como si tuvieran diez años. Santi, se llama este último.

–Y de este ¿qué fue?

–Nada, ahí seguía, cuidando de su madre. Imagina la estampa. Les interrumpí en medio de su cena de nochebuena, los dos solos, en una mesa camilla y con la tele puesta.

–Y ¿qué pasó?

–Craso error mío, había mangado una botella de tinto bueno de las que guarda mi hermano en la bodega de nuestra casa y la llevaba en la mano, y claro, al verme ahí, con el vino bajo el brazo, a las diez de la noche, qué va a pensar, la señora.

–No me lo puedo creer.

–Como para decirles que no. ¡No sabes la alegría que les di! Santi se lanzó sobre mí y casi me tira, y la tata me agarró y me empezó a forrar a besos, igual que hacía cuando tenía yo nueve años. Qué jaleo de gritos, de pronto. Para cuando me quise dar cuenta, Santi ya me había sacado plato, cubiertos y una silla.

–No me lo puedo creer. De verdad que no puedo. Ponnos otras dos cuando puedas, por favor.

–Como te lo cuento. De un momento a otro, me veo en la mesa camilla cenando con la tata y su hijo Santi. Si te contara las tropelías que le hacíamos al pobre Santi de críos… Está vivo de milagro.

–Y ¿cómo fue?

–Entre tú y yo, bonito. Muy bonito. Hacía décadas que no entraba en esa casa. Seguía todo tal y como lo recordaba. En los pueblos no cambia nunca nada, y eso me fascina. Así que dije que sí a todo, me senté y apagaron la televisión. La tata me contó historias de cuando era yo niño, de mis hermanos y de mis padres. Se acordaba de todo con una minuciosidad impresionante. Tenía nuestro pasado perfectamente archivado en su cabeza, como si lo recordara a diario, como si fuera más importante para ella que para nosotros. ¿Sabes qué me contó? Que cuando yo era pequeño, me leía siempre un cuento, una adaptación infantil del pasaje bíblico de Jonás y la ballena. Me contó que era mi cuento favorito y que aunque teníamos una colección entera, a mí, por lo que fuera, me gustaba sólo ese.

–Qué casualidad, como tu hijo.

–Pues fíjate, creo que no es casualidad. Yo siempre quise llamar así a mi hijo y nunca supe por qué. Ni mis abuelos o mi padre se llamaban así, ni nadie que yo haya conocido nunca, pero por alguna razón, siempre me gustó ese nombre. Y la tata, como quien no quiere la cosa, me explicó el porqué.

–¡Que bueno! No te salió en balde, por lo menos. Y ¿cómo fue después?

–Fue maravillosamente. Descorché el vino y cené el mejor cordero asado de mi vida. Santi se acordaba también con mucho cariño de cuando íbamos al monte a disparar a los pájaros, a construir cabañas y a jugar a vaqueros. Menos mal que no se acordaba de cuando lo tirábamos colina abajo en una carretilla… Me sentó bien estar ahí. Fue algo que, pienso ahora, tenía que hacer, aunque sea una vez. Y me gustó hacer felices a la tata y a Santi con mi visita. Me sentí en casa. Pero en mi primera casa. Después pasamos al sofá, pusimos la tele y la tata se quedó dormida enseguida. Le besé en la frente, me despedí de Santi y me fui

–Y ¿las pinzas? ¿el coche?

–Probé de nuevo y esta vez arrancó. Volví a casa sin problemas. Cuando llegué, mi familia iba por la segunda copa, buen humor, turrones y risas. Jonás me miraba con ojos de corderito, pero me senté a su lado, le pasé el brazo por los hombros, le revolví un poco el pelo y asunto zanjado. Les conté la historia y se partieron de risa, y, por una vez, en vez de discutir de política, estuvimos recordando otras historias de la tata y los tiempos de Ochagavía hasta las cuatro de la mañana.

–Y el coche, dices, arrancó sin problemas.

–Sin problemas. A la primera. Ya te he dicho que fue una Nochebuena un tanto accidentada.

–Y que lo digas. Y emocionante, por lo que veo.

–¿Qué tal la tuya?

–La mía bien. Cenamos en casa de mi cuñada, todo riquísimo, dos gin-tonics y a casa.

–Muy bien.

–Sí, muy bien. Muy tranquilo todo. Entonces a la tata no le preguntaste si tenía unas pinzas por ahí, entre la caja de costura, el rosario y los caramelos para la tos ¿no?

–Bueno, tal vez conocían a alguien a quien llamar. Quién sabe. ¿Pedimos la última?

–Claro, por qué no. Y dices que el coche murió y resucitó él solito, por arte de magia. Milagro navideño.

– Eso debió de ser.

–Milagro sería que después de veinte años de amistad, me la intentaras colar y lo consiguieras.

–¿Qué quieres decir?

–Quiero decir que te entiendo, que muy bien hecho y que no te preocupes. Yo te guardo el secreto.